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Resaca Postmundialista

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Me encanta el fútbol, soy afifutbol-mujerescionada desde que tengo memoria y veía los partidos del mundial con mi hermana y con mi prima. Me atrae todo lo que rodea la fiesta futbolera y en general la competencia deportiva. Pero ahora desde una postura feminista no puedo dejar pasar tanta expresión sexista que usa el mundial de fútbol como el mejor caldo de cultivo para mantener este (des)orden de género en el que vivimos. Para la muestra, muchos botones…

Una chica que no me conoce, y no conoce a mi pareja, me preguntó si en verdad me gustaba el fútbol o si sólo lo hacía para acompañarlo a él en su afición ¿Qué decir? ¿Tengo que responder? ¿Tengo que justificarme diciendo que claro, que también jugué en mi propio equipo de fútbol de mujeres en la Universidad y hasta fuimos campeonas un año? O sea si, aunque no parezca evidente, viene de mi propia historia ¡Qué pereza la pregunta y la suposición!

Fue penoso también tener que aguantarse la publicidad que intentaba vender a Brasil como el paraíso, no precisamente sus talentosos futbolistas, sino para satisfacer el deseo masculino heterocentrado ofreciendo el cuerpo de las mujeres latinas como objetos de consumo que en “tangas brasileras” y tacones 10,5 eran capaces de patear un balón de fútbol. Otra publicidad sexista que encontré fue cuando buscaba un buen sitio con una buena pantalla para ir a ver los partidos. Por Facebook recomendaban un “bar deportivo” con una imagen que bien podría usar cualquier prostíbulo: mujeres en camisetas ombligueras de diferentes equipos con senos inflados en primer plano. Les escribí en su muro preguntándoles a los dueños del bar qué producto estaban vendiendo: ¿mujeres o cerveza?… Su respuesta fue: “Es un asunto de mercado. ¡Usted si se amarga por unas cosas…!”. Tengo que justificar nuevamente por qué me indigna… por supuesto, nada obvio para su respetable clientela.

Me gocé mucho este torneo, más que otras veces, pero no deja de generar malestar ver más de esa cara fastidiosa que no me gusta. Esa cara que obliga todo el tiempo a encontrar una razón de peso cuando parece que nos salimos de lo “normal y de la norma”. Que los hombres de verdad no lloran y si lo hacen delante de las cámaras debe ser porque se le murió alguien como suponían del jugador africano Serey Die. Se convierte en un acto de honor y valentía que explican los periodistas con cara acontecida y que merece un reconocimiento especial por su carácter “excepcional” (hasta un minuto de silencio pensé que iban a proponer en homenaje al llanto de James). Ya sabemos que los hombres deben ocultar sus lágrimas como resultado de una socialización machista pero podemos avanzar un poco y superarlo ¿no?

Y qué decir del racismo y eurocentrismo que no da tregua ni en el mundo del deporte tal como mostraron las amenazas de muerte a Camilo Zúñiga luego de la lesión a Neymar y los comentarios de odio de los propios latinos contra otros latinos con la excusa de apoyar a los germanos para la final. Es el mismo racismo que sigue seleccionando a nuestros íconos-deportistas como imágenes publicitarias en su mayoría hombres y de pieles claritas (Falcao, James, Juan Pablo Montoya) y en el mejor de los casos una Mariana Pajón, por encima de una Catherine Ibargüen o un Nairo Quintana como modelos a seguir.

Finalmente, pensar que a una mujer le gusta el fútbol solo porque quiere ver traseros, torsos marcados y piernas gruesas, es otro de los clichés que nos encierra en la superficialidad de la estética. Ya basta de secciones dirigidas “a ellas” para presentarles el top de los jugadores más sexys o de consejos para salvar su matrimonio heterosexual durante la Copa Mundo. La participación de las mujeres en el deporte ya sea como aficionada o como participante, no puede seguir siendo limitada por barreras sexistas que nos definan qué admirar, qué reconocer, con quien identificarnos.

Por fortuna lo único que ha ayudado a sobrellevar esta resaca postmundialista es que lo de Yepes si fue gol!

Burbuja

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¿Construyendo desde abajo paz patriarcal?

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ImagenComo parte de los imperativos del contexto actual, Bogotá vive llena de seminarios, reuniones y congresos donde se discuten, en el marco del actual proceso de paz con las FARC-EP, los derechos de las víctimas, el post-conflicto, la justicia transicional, los retos que enfrentamos para construir la paz, los obstáculos más visibles, el rol de la memoria, entre otros temas. En este contexto se presentan viejos y nuevos peligros a los que vale la pena prestarles atención.

El primero es que se comienza a hablar un lenguaje que se vuelve tan común que espanta y se corre el riesgo de entablar monólogos colectivos acríticos que dan por sentadas verdades o que las van creando. ¡Así, por ejemplo, se van asumiendo nociones como las del post-conflicto y la justicia transicional sin mayores reparos por los medios de comunicación, los políticos y hasta los propios movimientos sociales! En otros casos se asumen críticas a éstas que caen en una misma retórica repetitiva que no logran ver sus propias falencias. El segundo riesgo es que muchas de esas conversaciones terminan siendo para los mismos, entre los mismos y para lo mismo. Si bien se ha hecho un esfuerzo por situar el debate más allá del ámbito de las organizaciones de derechos humanos y de víctimas y por posicionarlo en las universidades, es necesario que estos debates tengan lugar en los barrios, las calles y las comunidades olvidadas y violentadas por las largas décadas de guerra, allá donde la violencia sigue construyendo cotidianeidades y en donde es preciso desterrarla para construir la paz. Allá, en esos lugares donde la gente es escéptica de que algún día llegue la paz, precisamente porque conocen muy bien como es que funciona la guerra.

El tercer peligro es la réplica de la exclusión de ciertos sujetos que han sido históricamente discriminados, que han vivido la guerra de una manera particular por su constitución histórica como mujeres, afro descendientes, indígenas y campesinos. Algunos de estos espacios de debate, por no decir que la mayoría, recodifican el código masculino, de clase media y mestizo a través de los voceros de movimientos, organizaciones, centros de memoria y universidades. Es como si los movimientos de mujeres, feministas, indígenas, afro, campesino y todos los cruces e intersecciones que ha generado la dominación y los propios movimientos en sus luchas, no hubiesen aportado nada a los procesos  y discusiones de paz que han tenido lugar en Colombia.

En el caso de las mujeres es patético encontrar escenarios donde intervienen hombres y no hay ni una sola voz femenina, como si no hiciéramos parte de esos procesos organizativos, como si no aportáramos con nuestro trabajo y reflexiones diarias a la construcción de las posturas que se presentan. Recientemente estuve en uno de estos eventos donde solo intervenían voces masculinas. A mi mente venían las mujeres que se han pensado esos temas que allí se discutían y cuyas voces no fueron contempladas, pero también reflexionaba hacia el final del panel lo distinta que sería una aproximación feminista al tema discutido. Es común que te respondan cuando objetas esta ausencia que la cuestión no se resuelve con un cuerpo de mujer, ¡qué eso es secundario! Si y no. Un cuerpo de mujer no resuelve de por sí una postura feminista, sin embargo quien dice eso es alguien que se para desde el privilegio que aún significa en nuestra sociedad nacer hombre y que mantiene una venda en los ojos que no le permite ver, entre otras cosas porque no quiere reconocerlo, la discriminación histórica que las mujeres han vivido. Discriminación que se replica de manera alarmante en “tiempos de construcción de paz” y en supuestos espacios de “avanzada”, como la academia y los movimientos sociales.

Un cuarto peligro que surge en este contexto, cercano al anterior, es que las reuniones, congresos y encuentros de mujeres terminen siendo solo para las mujeres y que no se logren tejer los diálogos correspondientes con los otros movimientos y actores sociales. Esto implica un doble movimiento. Por un lado que las feministas y las activistas del movimiento de mujeres que vienen trabajando por la paz se articulen a los espacios mixtos donde esto se discute posicionando sus perspectivas con fuerza. Y segundo, que entre las izquierdas, las organizaciones de derechos humanos, los movimientos sociales y la academia, los intelectuales y los activistas den un paso adelante y hagan real ese discurso políticamente correcto que manejan de dientes para afuera de que ellos no son machistas y están por la liberación del “pueblo”, incluidas allí, por supuesto ¡las “compañeras”! La paz pasa necesariamente por desestructurar la exclusión de la que esos “Otros” hemos sido objeto dentro del proyecto de Estado-nación colombiano, lo que significa que nuestras voces con nuestros cuerpos deben tener lugar en la discusión de la guerra, la paz y el futuro.

Bellota

Las Otras de Thelma y Louise/ثيلما ولويز الأخريات

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No había tenido esta experiencia antes en el pasado. El encuentro con otra que es mujer, que es de un país ubicado en un lugar lejano a Colombia y a la región en la que me encuentro en el presente. Tampoco me había topado de frente, más allá de los libros y las críticas de mujeres del Oriente Medio al feminismo occidental, con una musulmana. Una doble sensación me cruza: la de lo compartido en principio por ser mujeres – en lo que nos encontramos -, y la de lo que nos diferencia por el hecho de ser producto de sociedades distintas.  Rápidamente nos dimos cuenta que lo que nos acercaba no era tanto el ser mujeres sino las realidades de nuestros países de origen y la experiencia de la violencia. Desde lo similar en lo vivido – más que en lo nacido – construimos lazos de solidaridad, de apoyo mutuo, de soporte. Pero también rápidamente nos dimos cuenta que nos une ser la Otra en un lugar de supremacía blanca. Una supremacía que se expresa no sólo en el privilegio de nacer “blanco,” sino también en la historia de dominación política y económica que se ha ejercido a nivel global por este país. Pronto comenzamos a sentir que estando juntas éramos observadas como lo Otro, lo exótico, la diferencia hecha objeto. Si, debo decirlo, como latina no soy tan exotizada como ella, pero igual sigo siendo una Otra.  Esa otredad a veces nos hace objeto de halagos, pero de igual manera de discriminaciones explícitas y de otras sutiles – incluidas en algunos piropos -. En ese proceso somos muchas veces cosificadas, reforzándose una sensación de estar fuera de lugar, de no pertenecer a este “primer mundo.” Enfrentando esta situación hemos buscado maneras para hacernos un lugar en este espacio que muchas veces nos resulta ajeno. Así hemos encarnado sin problemas y públicamente la locura que nos salva, la alegría que nos fortalece, la rabia que no callamos contra las distintas estructuras de dominación que nos cruzan, y la tristeza que nos golpea. Nuestra historia está marcada por la violencia política, por muertes, por torturas, por desapariciones, por represión … por revoluciones. Al mismo tiempo está signada por el patriarcado, el cual se expresa en nuestras cotidianidades. A veces nos sentimos Thelma y Louise, si ese par de personajes “gringos” que se juntan desde sus complicidades femeninas, pero nosotras no solo somos eso, somos el encuentro de otras complicidades que van más allá de la experiencia patriarcal y que se cruzan con una larga historia colonial e imperialista.

Bellota