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¿Si una mujer avanza, avanzamos todas?

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©BULENT KILIC/AFP/Getty Images

Cada día circulan más memes con mensajes de autoayuda, algunos de ellos publicados por mis contactos en Facebook o en Twitter y me siento inquieta. Me quedan en la cabeza sobre todo los que anuncian la sororidad feminista, el amor universal entre mujeres o el apoyo como parte de la resistencia antipatriarcal. Uno de los últimos que leí tenía la frase “Si una mujer avanza… ¡avanzamos todas!”, y algo más sobre la sororidad. Me quedé pensando en qué tan cierto es eso y lo primero que vino a mi cabeza fue el texto “Testimonio de Domitila, una mujer de las minas de Bolivia”, que en uno de sus apartados dice:

“Señora, hace una semana que yo la conozco a usted. Cada mañana usted llega con un traje diferente; y sin embargo, yo no. Cada día llega usted pintada y peinada como quien tiene tiempo de pasar en una peluquería bien elegante y puede gastar buena plata en eso; y, sin embargo, yo no. Yo veo que usted tiene cada tarde un chofer en un carro esperándola a la puerta de este local para recogerla a su casa; y, sin embargo, yo no. Y para presentarse aquí como se presenta, estoy segura de que usted vive en una vivienda bien elegante, en un barrio también elegante, ¿no? Y, sin embargo, nosotras las mujeres de los mineros, tenemos solamente una pequeña vivienda prestada y cuando se muere nuestro esposo o se enferma o lo retiran de la empresa, tenemos noventa días para abandonar la vivienda y estamos en la calle. Ahora, señora, dígame: ¿tiene usted algo semejante a mi situación? ¿Tengo yo algo semejante a su situación de usted? Entonces, ¿de qué igualdad vamos a hablar entre nosotras? ¿Si usted y yo no nos parecemos, si usted y yo somos tan diferentes? Nosotras no podemos, en este momento, ser iguales, aun como mujeres, ¿no le parece?”

Leí luego noticias escritas por entusiastas periodistas que anuncian que en 2016 tres de las potencias mundiales estarán gobernadas por mujeres, lo que demostraría el avance y los logros del feminismo en el mundo. Hilary Clinton (EE.UU), Angela Merkel (Alemania) y Theresa May (Reino Unido), sin dejar de mencionar a Christine Lagarde (Directora del Fondo Monetario Internacional – FMI). Y me pregunto entonces, ¿Si una mujer avanza… avanzamos todas? ¿Quiénes son todas? ¿Las pobres de sus países, trabajadoras racializadas y explotadas? ¿Las mujeres que hacen parte de las miles de personas desplazadas hacia Europa huyendo de las guerras que EEUU, Alemania y el Reino Unido han promovido y alimentado en Afganistán, Irak, Siria, Yemen, Ghana, Nigeria y Senegal? sólo por nombrar algunos países.

La nueva primera ministra británica, Theresa May, ha asegurado que una elevada inmigración daña a la sociedad británica, y además, ha expresado que la inmigración masiva no tiene “beneficios económicos” por lo tanto es partidaria del cierre de fronteras a refugiadas/os. Clinton, eventual ganadora (y mal menor, en todo caso) ganó 3,15 millones de dólares en el 2013 ofreciendo discursos para empresas como Morgan Stanley, Goldman Sachs, Deutsche Bank y UBS, además, los medios hablan de su estrecho vínculo con los grandes bancos de Wall Street. Por otra parte, Ángela Merkel, conservadora también y Canciller de su país, luego de una inicial apertura cedió ante las presiones más conservadoras de su propio partido y de otros, para aprobar un acuerdo que endurece las condiciones para obtener el derecho al asilo. Berlín acelera cada vez más las expulsiones de inmigrantes sin estatus de refugiado y dificulta la reagrupación familiar de los refugiados.

Me pregunto de nuevo: ¿Si una mujer avanza… avanzamos todas? Y entonces me respondo con las voces de tantas mujeres racializadas, campesinas, migrantes, pobres y trabajadoras: para que el feminismo favorezca, como predica, a “todas las mujeres” debería ser antirracista y anticapitalista porque de otro modo sólo sirve a una pequeña élite de mujeres cuyos privilegios se sustentan en la explotación, en la marginación y en la exclusión de las mayorías sociales. El feminismo liberal, ese que triunfa en las oficinas del Estado y en los organismos internacionales, está cómodo en el capitalismo, pero ahí no cabemos todas, y no queremos caber.

Para el feminismo es urgente abandonar las políticas acríticas e integracionistas porque de otro modo hará parte de tantas propuestas ahogadas por la cooptación y el discurso de que no hay alternativas ni otros caminos posibles.

Bombón.

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El feminismo ante la crítica…a propósito de domesticaciones y señalamientos

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BLOG_1La crítica debería ocupar, siempre, un lugar determinante al interior de los movimientos (colectivos, redes, organizaciones) que pretenden desafiar las formas y contenidos del mundo/sentido común imperante. A pesar de ello el lugar que ocupa dentro de estos espacios es angosto, pequeño y muy incómodo. Y esto es lo que ocurre en el feminismo.

Hace décadas gran parte del movimiento-pensamiento feminista llegó o suscribió unos acuerdo esenciales sobre cuál era su agenda de lucha, estos acuerdos esenciales parecen hoy intocables e indiscutibles, de manera que quien se atreve a cuestionarlos es vista con sospecha, y rápidamente es llamada misógina o patriarcal, palabra que funciona como etiqueta/maldición/estigma que condena a la señalada y a sus palabras al descrédito. Cuando las feministas racializadas señalan que el feminismo es racista, la respuesta inmediata es decirle: ¡Patriarcal! Si alguna señala que muchas feministas gozan de privilegios de clase, la respuesta es: ¡patriarcal! Si se te ocurre decir que el feminicidio es un concepto racista que esconde que las principales víctimas no lo son solo por ser mujeres, sino por sus condiciones de raza y clase, la acusación es: ¡patriarcal! Si algunas compañeras optan por apoyar causas campesinas, indígenas o afros sin concentrarse solo en las mujeres se le grita: ¡Patriarcal! De esta manera muchas feministas tratan de acallar la crítica interna, metiendo impunemente en el mismo saco al feminismo crítico, a la iglesia, al estado y a cuanto inquisidor hay por ahí.

Sin embargo al mismo tiempo que rechaza las críticas que rompen o cuestionan los dogmas de la fe feminista, se regodea en su crítica (de siempre) al mundo patriarcal, la crítica obvia, la que se ha vuelto un cliché de tanto repetir de generación en generación. Me refiero a la fácil y cómoda guerra de los sexos repetida sin cesar por cada generación feminista. Esa es la crítica que hace sentir bien al feminismo consigo mismo, esa es la crítica que la sociedad espera de las feministas; que hablen de género, de las mujeres y su mayor problema: los hombres. Para el feminismo común la existencia del capitalismo, del racismo, del genocidio, del terrorismo de estado o de la destrucción del medioambiente, son luchas subsidiarias a una lucha principal, luchas paralelas con las que como mucho hay que solidarizarse. Y eso repiten todas las feministas, desde la más liberales hasta la más radicales, su libreto es tan conocido que ya la sociedad les pide “Feministas digan lo suyo!”

Para decir lo suyo son invitadas a las mesas de diálogo en la Habana, para decir lo suyo se conforman comisiones de género en los partidos políticos, para decir lo suyo se les conmina a apoyar cualquier campaña política, y entonces en todas estas situaciones ellas usan las palabras mágicas: género, mujeres, misoginia y patriarcado…y todos y todas asienten porque han dicho lo suyo…en esos espacios pequeñitos que el patriarcado generoso les brinda…

La crítica feminista se volvió predecible a pesar de que muchas siguen creyendo que aún pisan callos, pero me temo que cada vez pisan menos en una sociedad cuyas formas patriarcales cambian, hoy cualquier progre (ella o el) recita con cierta facilidad la santa trinidad feminista: género, mujeres y patriarcado. Me preguntarán si se lo creen o lo practican… no lo sé… pero sin duda da muestras de un estancamiento en los análisis, los argumentos y la crítica feminista…tal vez sería bueno no resistirse a los demonios de la crítica interna para salvar algo del feminismo.

Lisa S

Las feministas y el poliamor, una relación complicada (del dicho al hecho…)

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Imagen: Fercho Yela

Imagen: Fercho Yela

Escuché hablar del poliamor por primera vez a través de algunas lesbianas feministas comprometidas política y personalmente, sin embargo tiempo después me di cuenta de que son contadas con los dedos de una mano las feministas y las lesbianas feministas que lo practican y reflexionan sobre el tema. A decir verdad, son más las que lo ven como un problema dando lugar a situaciones difíciles o imposibles para quienes quieren pensar y practicar el amor y el deseo de una forma ajena a la norma monogámica heteropatriarcal.

La realidad es que son muchas las feministas que prefieren ignorar la crítica a la monogamia a pesar de ser un elemento determinante dentro de la configuración del heteropatriarcado, ya que le da forma definitiva al orden binario sexo genérico, es decir a través de ella se hace realidad eso de que el fundamento de la familia y de la sociedad es la pareja hombre-mujer, con todas las jerarquías y asignaciones económicas y sociales que conlleva para unos y otras, además de facilitar el control sobre los cuerpos y la vida de las mujeres.  Y esto sucede a pesar de los trabajos críticos de las corrientes más radicales del feminismo y del lesbofeminismo sobre la monogamia.

Pero si en el análisis teórico no cuenta, más grave resulta la práctica, ya que muchas feministas y lesbianas feministas siguen al pie de la letra la norma heteropatriarcal del control y vigilancia, casi policiales, de la pareja monógama. Así, cualquier pareja que intenta abrir la relación, muchas veces es cuestionada y boicoteada con chismes, burlas y llamadas telefónicas. De hecho cuando una pareja se plantea la posibilidad del poliamor o de una relación abierta surge (de su grupo) un denso interrogatorio sobre sus sentimientos, sus miedos o inseguridades y se olvidan de su propia responsabilidad en cuanto a construir un espacio social más receptivo y dispuesto a apoyar a quienes cuestionan las cárceles del amor y del deseo, de esta manera la “comunidad” hace pesar sobre dos personas el éxito o el fracaso de la decisión que están tomando.

Eso sucede en diferentes sectores de la vida social y lamentablemente lo repiten las feministas y a las lesbianas feministas. Y no hablo de que ahora todas sean poliamorosas, sino de recordar que el compromiso político de crear e imaginar un espacio social diferente también implican el amor y el deseo, y eso no se logra solo porque se ame o se deseen mujeres (que es un gran paso) o se consiga que la pareja varón hable con lenguaje incluyente (ese si no sé si sea un gran paso) sino que conlleva ser cómplices de esas otras que sí se atreven a poner en acto otras formas de establecer las relaciones erótico-afectivas.

Este debate seguro no les interesa a los defensores de la familia, pero si es urgente dentro de un feminismo hasta ahora bastante conformista con algunos logros de igualdad entre varones y mujeres, y un lesbofeminismo que si bien se niega a cantar canciones de boda poco se atreve a  imaginar un mundo más allá de la monogamia.

Lisa S

El discreto encanto de la burguesía feminista “Latinoamericana y del Caribe”

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Tal vez si fuera más joven, si tuviera más fe, si fuera más ingenua o quizá si no hubiera estado yo misma deslumbrada por los privilegios de clase de muchas feministas colombianas, estaría más que satisfecha del manifiesto político del XIII Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe.

Lo leo y me asombra su capacidad para apropiarse de conceptos, categorías y denuncias producidos y trabajados por otras, y sintetizarlos en un corto manifiesto. Han tardado mucho, eso tendrán que reconocerlo. Ya que desde los setenta las feministas negras y de color, las indígenas, las feministas comunitarias, las feministas autónomas además de las feministas de sectores populares venían denunciando lo que ahora ellas se apropian al afirmar su “compromiso de confrontar y luchar para cambiar los múltiples sistemas de dominación que impactan simultánea y diferenciadamente en todas las mujeres, en sus cuerpos desvalorizados y secuestrados”, quien sabe que hizo falta para que dieran semejante salto moral discursivo.

Sin embargo no es sólo falta de fe lo que me impide creer en su manifiesto de buenas intenciones ya que ni siquiera su capacidad de apropiación de la reflexión política de las otras las libra de seguir situadas en el mismo campo de entendimiento que supuestamente denuncian. Afirman por ejemplo que “el cuerpo —portador de derechos— de las mujeres, se ha convertido en un “territorio en disputa”. Lo tuve que leer varias veces y no por su nivel de complejidad sino porque no podía creer que van a repetir esa arenga a mujeres que han sido sometidas por los estados neoliberales, capitalistas y racistas, que han sido explotadas, vendidas, vejadas y violentadas: los cuerpos de las mujeres racializadas y empobrecidas que nunca ha sido portadores de derechos y que desde hace mucho han sido un territorio colonizado. Ese es el sentido común del privilegio que nunca han intentado cuestionar.

Según dicen, en sus “luchas por la defensa de la democracia y la ampliación de los derechos, las feministas siempre hemos dado nuestro aporte desde nuestra comprensión del cuerpo como categoría política”. De nuevo la Oda a la democracia y los derechos, una vez más situadas en el limitado espectro del discurso colonialista que tiene pereza de pensar otros modos de organización social o de gobierno, que es incapaz de fijarse en otros ejercicios de organización colectiva que pueden dar pistas para pensar otras relaciones sociales. La trasnochada noción de democracia ha funcionado hasta ahora sobre la base de la exclusión, la subordinación, la explotación y la violencia sobre esos cuerpos que tanto nombran. Podrán decir que eso no es democracia pero lo cierto es que países como Colombia han tenido elecciones, partidos, división de poderes, libertad de empresa y respeto casi sagrado a la gran propiedad privada capitalista, ingredientes necesarios de las llamadas democracias y asuntos no mencionados (ni criticados) en el manifiesto.

Lo que sigue es sincretismo político puro: interculturalidad, democracia radical, empoderamiento de las mujeres, socializar el poder, manejar los conflictos, los disensos y las visiones discrepantes… y de nuevo el estribillo: derechos, estado protector, aporte de las mujeres al cuidado … todo muy noventero y dentro de los límites a los que puede llegar la rebeldía ONGera. Así como malabaristas lanzan al aire ideas sueltas para producir un discurso acorde con la corrección política actual, muy bien financiado por la cooperación internacional (USAID a la cabeza), por la inútil pero bien pagada burocracia de las Naciones Unidas, y por cualquier estado que tenga dinero e interés de pagar por sus importantes proyectos (sus apartamentos, sus cenas, sus cócteles y sus proyectos de ley para encarcelar a varones pobres y racializados) que sólo benefician a quienes los gestionan. A estas feministas que siguen acumulando fama, dinero y éxito les recomendamos respetuosamente que ojala, a diferencia del anterior encuentro de Bogotá, esta vez sí podamos saber en qué se gastan el dinero que piden en nombre de todas.

Bombón

El feminismo y sus divagaciones anticapitalistas…

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derechos_mujeres01cladem_0Desde hace meses crecen, sin parar, en diferentes lugares del mundo las denuncias frente a la aplicación de la vacuna contra el Virus del Papiloma Humano, la razón de estas es la gravedad de sus efectos secundarios que van desde desmayos y fiebres hasta convulsiones y parálisis. En Colombia las situaciones más escandalosas se han presentado en zonas alejadas y pobres en donde aún se sigue aplicando, masivamente, en adolescentes entre los 13 y los 18 años. Esto ha llevado a una oleada de pronunciamientos feministas, sin embargo a pesar de este gesto no dejo de pensar que al feminismo le cabe mucha responsabilidad ético-política en este tema.

La agenda feminista nacional e internacional por los derechos sexuales y los derechos reproductivos ha estado signada por la exigencia al estado y a la industria farmacéutica de soluciones para cuestiones como: los métodos anticonceptivos para mujeres y varones, aborto, vacunas y tratamientos contra enfermedades de transmisión sexual, así como técnicas de reproducción asistida. Es decir se le exige al estado que proporcione a las mujeres acceso a fármacos, tecnologías y tratamientos producidos por las empresas farmacéuticas sin analizar detenidamente las consecuencias de estas reclamaciones.

Mi afirmación puede parecer injusta, pero lo sería si fuera la primera vez que se denuncia a los estados nacionales por utilizar los derechos sexuales y reproductivos como política genocida (hay mucha información sobre lo ocurrido en Perú, Brasil o en Israel) contra la población más pobre y menos blanca, y lo sería si no estuviera ampliamente documentada la complicidad de las farmacéuticas con dichas políticas, como quedó demostrado con la producción de medicamentos para combatir el VIH o, para no ir muy lejos, con el escándalo que rodea la epidemia del Ebola.

El revuelo que ha generado la vacuna del VPH ha indignado a muchas feministas por lo que consideran un atropello contra la vida y los cuerpos de las mujeres, pero ninguna se atreve a hablar de la necesidad de cambiar las estrategias políticas o de poner en cuestión la paradoja de reclamar derechos a estados neoliberales o al mercado. Y digo que es una paradoja porque al tiempo que se grita “mi cuerpo es mío” la política feminista hegemónica se ha centra persistentemente en  exigir mayor intervención del estado incluso en áreas tradicionalmente liberadas de su regulación. Al final una buena parte de las estrategias feministas se hacen cómplices de la biopolítica estatal y del mercado, adscribiendo a la ilusión de un estado protector y un uso adecuado de la biotecnología, bajo la exigencia de una intervención “diferente” y regulada.

La historia debería recordarnos que esas tecnologías, medicamentos y tratamientos son desarrollados en las mujeres pobres y racializadas del tercer mundo cuyos cuerpos son objeto de experimentación cruel, y vehículo para el exterminio de sus pueblos. Pero parecería que es el justo precio que habría que pagar para dar respuesta a las demandas feministas que reclaman la liberación de los cuerpos de las mujeres del dominio patriarcal. Con ello se hace evidente que la mujer de la que habla este feminismo es blanca occidental y burguesa.

Parece que en nombre de la lucha contra el patriarcado al feminismo hegemónico se le olvida, o tal vez no le importa, la opresión del sistema capitalista imperial sobre los cuerpos de las “mujeres” pobres y racializadas del tercer mundo ¿Será que no son sujetas del feminismo? Lo cierto es que las soluciones que el mercado y los estados nos pueden ofrecer a las feministas implican hoy la explotación de los cuerpos de otras “mujeres”. Esa, compañeras, es la única liberación que nos puede ofrecer el modelo occidental de conocimiento, su sistema de salud basado en el dominio de la naturaleza, el desarrollo tecnológico y  el avance del mercado.

Lisa S

Resaca Postmundialista

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Me encanta el fútbol, soy afifutbol-mujerescionada desde que tengo memoria y veía los partidos del mundial con mi hermana y con mi prima. Me atrae todo lo que rodea la fiesta futbolera y en general la competencia deportiva. Pero ahora desde una postura feminista no puedo dejar pasar tanta expresión sexista que usa el mundial de fútbol como el mejor caldo de cultivo para mantener este (des)orden de género en el que vivimos. Para la muestra, muchos botones…

Una chica que no me conoce, y no conoce a mi pareja, me preguntó si en verdad me gustaba el fútbol o si sólo lo hacía para acompañarlo a él en su afición ¿Qué decir? ¿Tengo que responder? ¿Tengo que justificarme diciendo que claro, que también jugué en mi propio equipo de fútbol de mujeres en la Universidad y hasta fuimos campeonas un año? O sea si, aunque no parezca evidente, viene de mi propia historia ¡Qué pereza la pregunta y la suposición!

Fue penoso también tener que aguantarse la publicidad que intentaba vender a Brasil como el paraíso, no precisamente sus talentosos futbolistas, sino para satisfacer el deseo masculino heterocentrado ofreciendo el cuerpo de las mujeres latinas como objetos de consumo que en “tangas brasileras” y tacones 10,5 eran capaces de patear un balón de fútbol. Otra publicidad sexista que encontré fue cuando buscaba un buen sitio con una buena pantalla para ir a ver los partidos. Por Facebook recomendaban un “bar deportivo” con una imagen que bien podría usar cualquier prostíbulo: mujeres en camisetas ombligueras de diferentes equipos con senos inflados en primer plano. Les escribí en su muro preguntándoles a los dueños del bar qué producto estaban vendiendo: ¿mujeres o cerveza?… Su respuesta fue: “Es un asunto de mercado. ¡Usted si se amarga por unas cosas…!”. Tengo que justificar nuevamente por qué me indigna… por supuesto, nada obvio para su respetable clientela.

Me gocé mucho este torneo, más que otras veces, pero no deja de generar malestar ver más de esa cara fastidiosa que no me gusta. Esa cara que obliga todo el tiempo a encontrar una razón de peso cuando parece que nos salimos de lo “normal y de la norma”. Que los hombres de verdad no lloran y si lo hacen delante de las cámaras debe ser porque se le murió alguien como suponían del jugador africano Serey Die. Se convierte en un acto de honor y valentía que explican los periodistas con cara acontecida y que merece un reconocimiento especial por su carácter “excepcional” (hasta un minuto de silencio pensé que iban a proponer en homenaje al llanto de James). Ya sabemos que los hombres deben ocultar sus lágrimas como resultado de una socialización machista pero podemos avanzar un poco y superarlo ¿no?

Y qué decir del racismo y eurocentrismo que no da tregua ni en el mundo del deporte tal como mostraron las amenazas de muerte a Camilo Zúñiga luego de la lesión a Neymar y los comentarios de odio de los propios latinos contra otros latinos con la excusa de apoyar a los germanos para la final. Es el mismo racismo que sigue seleccionando a nuestros íconos-deportistas como imágenes publicitarias en su mayoría hombres y de pieles claritas (Falcao, James, Juan Pablo Montoya) y en el mejor de los casos una Mariana Pajón, por encima de una Catherine Ibargüen o un Nairo Quintana como modelos a seguir.

Finalmente, pensar que a una mujer le gusta el fútbol solo porque quiere ver traseros, torsos marcados y piernas gruesas, es otro de los clichés que nos encierra en la superficialidad de la estética. Ya basta de secciones dirigidas “a ellas” para presentarles el top de los jugadores más sexys o de consejos para salvar su matrimonio heterosexual durante la Copa Mundo. La participación de las mujeres en el deporte ya sea como aficionada o como participante, no puede seguir siendo limitada por barreras sexistas que nos definan qué admirar, qué reconocer, con quien identificarnos.

Por fortuna lo único que ha ayudado a sobrellevar esta resaca postmundialista es que lo de Yepes si fue gol!

Burbuja

Yakiri, los ricos también lloran!

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Una mañana cualquiera el muro de mi FB apareció cubierto con fotos, frases y vídeos de Ellen Page, una actriz famosa que acababa de decir en público que era lesbiana, este despliegue mediático estuvo acompañado de palabras como: heroína, valiente, brava, diosa, y muchos otros calificativos que demostraban la admiración por su salida del closet. Unas semanas después hubo otra situación en la cual un grupo de activistas se manifestó enérgicamente contra lo que consideró un acto de discriminación y homofobia contra un chico gay en un centro comercial al norte de Bogotá, otra vez me encontré con expresiones como valiente y héroe. Al respecto solo puedo decir que ” es muy positivo que la gente reclame sus derechos y exija respeto, y que es importante que este tipo de acciones se sigan realizando”. Sin embargo me llama poderosamente la atención la manera como estas personas blancas y con dinero consiguen tanta visibilidad con sus denuncias y con sus acciones, al grado de que se les considere héroes aun cuando  llevan vidas llenas de privilegio, entre los cuales se puede contar el privilegio enunciativo.

Qué tan valiente puede ser una chica blanca, famosa, con dinero, que dice que es lesbiana haciendo de portavoz de una importante ONG, en una puesta en escena que me recuerda mucho al discurso de Lana Wachosky, una trans blanca, famosa y con mucho dinero. Estoy segura que las dos estaban nerviosas por el impacto y las consecuencias negativas que este tipo de declaración tendría en sus vidas y en sus comunidades. Pero si nos alejamos un poco del ruido mediático podemos ver que son personas que están protegidas por sus condiciones de clase y raza, lo que les permite vivir abrigadas por una zona de confort, una burbuja que me hace desechar la idea de valentía, y me lleva a  preguntar  ¿Por qué es tan fácil para la gente blanca y con dinero ser valiente arriesgando tan poco? ¿Por qué caemos en la trampa de aplaudirles y elevar aún más su status?

Lo mismo ocurrió con el tema del chico blanco en el centro comercial del norte de Bogotá que logró movilizar a muchas personas, ocupar la primera página de un periódico y ser el héroe LGBT de la semana, un blanco más al que le costó tan poco elevarse hasta el olimpo de los elegidos. Otros no corren con la misma suerte incluso estando expuestos a situaciones más peligrosas, como le ocurrió a un conocido músico afrodescendiente detenido en la calle por la policía simplemente por ser negro y “como todo el mundo sabe que todos los negros son sospechosos” entonces sobre este tema nadie se pronunció, supongo que es porque es cotidiano que a un negro lo agredan. Se imaginan salir todos los días a protestar por esto?

Viendo los adjetivos y el mar de elogios supongo que Ellen Page, Lana Wachosky y el chico del centro comercial son tan valientes como Yakiri Rubio, esa chica mexicana de piel oscura, lesbiana y pobre que una noche fue violada y golpeada por dos hombres, y que sin pensarlo mató a uno de sus abusadores. La misma chica que hoy es revindicada en algunos pequeños espacios del movimiento de lesbianas feministas radicales. Sin embargo, por su acción no se ganó el adjetivo de heroína. Su historia no es la de la lesbiana que habla de lo complicado que es amar a otra mujer en un hermoso escenario azul, no, lo de ella fue en la calle, con sangre, con la desesperación de quien pelea por su vida, y sucedió así porque a ella no la protegió ni el color de su piel, ni su clase social. De hecho su reacción frente al ataque de los violadores fue tachada por la justicia como defensa excesiva por lo que estuvo en prisión hasta tanto pagó una fianza muy alta.

Muchas personas pueden decir que estas historias no son comparables, que cada persona actúa desde su lugar y por lo tanto todas son dignas del aplauso y reconocimiento, de esto difiero porque parece que a quienes tienen privilegios se les pide tan poco para ser llamadx valiente mientras que a otrxs con muchísimo menos status social o económico se les tiene que ir la piel y la vida. La valentía de Ellen Page se define a tres centímetros de un micrófono mientras que la de Yakiri en segundos de vida.

Lisa S.