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La breve y triste historia de un grupo que pensó que era un movimiento social

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Foto del muro de Juan Pablo Sutherland

Cada tanto aparece en las páginas de los periódicos nacionales alguna noticia sobre el reconocimiento de derechos para la población o sector LGBTI, que invariablemente va acompañada  por la foto de lxs mismxs dos o tres activistas de siempre de la correspondiente ONG.  Digamos que el formato noticia-foto no tiene nada de particular, sin embargo siempre tuve la sensación de que algo faltaba. Qué es lo que falta fue lo que me pregunté obsesivamente hace unos días cuando volví a poner atención a la foto que acompañaba la última noticia sobre un nuevo triunfo de la comunidad LGBTI, el registro de dos mujeres lesbianas como madres de una niña. Y entonces comprendí: lo que le faltaba a la imagen era gente, lo que extrañaba era el telón de fondo de un movimiento social acompañando la escena.

¿Dónde está?, ¿Dónde están los activistas no pagados ni por las Ongs, ni por la Alcaldía de Bogotá? ¿Cuál será la razón para esta ausencia?

Tal vez podría ser que a los activistas LGBTI les cuesta diferenciar entre el estado y la sociedad civil. “El movimiento LGBTI”  ha construido su agenda y realizado sus actividades con el apoyo y el dinero de las instituciones públicas: dinero para las marchas, refrigerios y transporte para las reuniones, y además camisetas, gorras, pasacalles, paraguas y todo el merchandising activista. Vale decir que los intentos de autonomía no existieron. Lo que si hubo y en demasía, fueron los contratistas/activistas, cuyo principal interés era lograr que el proyecto colectivo fuera en sintonía con su proyecto laboral, y eso fue un éxito. Hoy hay una burocracia LGBT que le vende al Estado no solo su fuerza de trabajo, sino también lo que queda de su alma política.

Pero el problema no es solo el Estado, sino también la presencia de las ONGs, y las ONGs no hacen, ni representan a un movimiento social sino que responden a los intereses políticos de los organismos de cooperación internacional que las financian o sencillamente a los intereses económicos de su junta directiva o de su dueño o dueña.

Ahora bien, ¿Qué ha conseguido este “movimiento”? pues los logros han sido muchos, hay políticas públicas, direcciones y subdirecciones, espacios de participación, centros comunitarios, leyes que reconocen a las parejas del mismo sexo y sus derechos, todo esto en tiempo record tratándose de movimientos sociales.

¿Y qué es lo que hay? ¿Cuál es el legado? Lo que hay son jóvenes activistas que piden más políticas públicas, para trans, lesbianas, gays, bisexuales, intersex, pansexuales, queers y hasta asexuales (¡cuánto deseo por dejar que el estado controle nuestras vidas!). Marchas de la ciudadanía LGBT cada vez más aburridas por la falta de imaginación, por la corrección política y por la superficialidad del mensaje político; espacios de participación a los que no concurren las y los representantes LGBTI, y lo peor tanta gente normalizada, ex monstruos convertidos en ciudadanxs ejemplares que refuerzan el orden social y la moral heterosexual.

Tal vez todo fue muy rápido, si lo comparamos con las respuestas que ha dado el estado a las reclamaciones que en materia de tierras hacen los pueblos indígenas y afro. Porque lo que sé encontró el “movimiento LGBTI” fue un estado más dispuesto que de costumbre a reconocer derechos; ongs con poder económico para poder hacer litigio de alto impacto y un grupito de activistas ejemplares. Pero a pesar de todo esto y de los logros legales que ocupan titulares de periódicos o noticieros de tv, lo cierto es que no hay masa rebelde, gente dispuesta, gente que se sienta interpelada…tal vez porque lo que se consiguió solo le sirve a un grupito, el resto sigue en la lucha por la sobrevivencia.

Al final, la agenda “del movimiento LGBTI” solo ha respondido a unos intereses de clase, raza y género que no logra convocar a aquellos que no solo soñaban con casarse sino con sobrevivir dignamente, es decir tener derecho a un trabajo decente, derecho a la salud o derecho a la educación. Me pregunto si algún movimiento en Colombia se puede dar el lujo de defender una agenda que ignore los graves problemas sociales que afectan a la gente y sobrevivir para contarlo.

Lisa

 

 

Ni una más, ni una menos…

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NiUnaMenos_BsAs_001El mes que pasó seguramente quedará en el recuerdo de muchas feministas latinoamericanas como una semana llena de logros históricos. Por un lado en Argentina miles de personas se movilizaron denunciando los feminicidios, los asesinatos de mujeres; mientras en Colombia, con solo unas horas de diferencia, se aprobaba una ley que convertía en delito el feminicidio. Sin embargo es preocupante lo que ocurrió en estos dos hechos.

En Argentina desde la Iglesia católica hasta Tinelli (reconocido por sus espectáculos misóginos en la tv argentina) se unieron a la movilización, este último hasta posó con un cartelito que decía “Ni una menos”, el nombre de la campaña, lo que provocó la reacción de diferentes sectores feministas que lo consideraron un hipócrita y oportunista. En Colombia pasó algo similar, ya que la iniciativa que se discutía en el congreso para tipificar el feminicidio como delito contó con el apoyo de María Fernanda Cabal (congresista uribista), otra que también se tomó la foto, pero con camiseta que decía “Ni una más” y con un grupo de sonrientes feministas.

Creo que el problema en ambas situaciones, más allá del rechazo o de la aceptación cómplice, es el discurso feminista que subyace, un discurso tan light, tan inofensivo y carente de radicalidad que cualquiera saca cartel y se lo cuelga. Tal como hace el Estado de Israel o Estados Unidos, cuando usa su discurso de respeto por los derechos de las mujeres para limpiar su nombre, mostrarse moralmente superior frente al cruel patriarcado musulmán, y de paso justificar sus acciones bélicas. El discurso feminista parece radical cuando muchas feministas y autoproclamadas feminazis amenazan con machete al machote, el problema es que se quedan hablando de machos violentos o de violencia machista, y todo se reduce a que los hombres no respetan los derechos de las mujeres, y que por ello deben ser educados o erradicados (según las más “radicales”) y con eso se solucionará el problema, con eso se acabarán las muertes, las violaciones y la trata. Pero qué pasa cuando los feminicidios y la violencia sexual no se pueden desligar de estructuras socio-económicas más complejas, como en el caso de las mujeres guaraníes atacadas y violadas por sicarios enviados por las empresas extractivistas que quieren aniquilar y echar de sus territorios a las poblaciones indígenas ¿Qué vamos a decir frente a esto?

No creo que la iglesia se hubiera unido tan tranquilamente a una marcha de denuncia por los asesinatos de mujeres perpetrados por las empresas multinacionales o que María Fernanda Cabal hubiera apoyado una Ley que condenara con dureza los feminicidios y los abusos contra las mujeres indígenas que luchan por sus territorios en el Cauca. El problema entonces no es la hipocresía o la doble moral de Tinelli, de la iglesia y de la Cabal, el problema es ese discurso feminista tan ligero, tan estereotipado (al estilo guerra de los sexos), tan descontextualizado que sirve para ocultar otros problemas y  las otras causas del problema (no son sólo los machos), la lista va desde las políticas neoliberales e imperiales de exterminio hasta el racismo.

Por cierto que revisando las fotos de la marcha no vi un solo cartel alusivo a la violencia racista o capitalista contra las mujeres empobrecidas, negras o indígenas…Pero es que de esas cosas no se hablan en una marcha contra la violencia y el feminicidio…debe ser por eso que Tinelli, el papa y la Cabal (y quien sabe cuantxs más) también quieren mover sus banderitas violetas!

Lisa S.

El feminismo ante la crítica…a propósito de domesticaciones y señalamientos

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BLOG_1La crítica debería ocupar, siempre, un lugar determinante al interior de los movimientos (colectivos, redes, organizaciones) que pretenden desafiar las formas y contenidos del mundo/sentido común imperante. A pesar de ello el lugar que ocupa dentro de estos espacios es angosto, pequeño y muy incómodo. Y esto es lo que ocurre en el feminismo.

Hace décadas gran parte del movimiento-pensamiento feminista llegó o suscribió unos acuerdo esenciales sobre cuál era su agenda de lucha, estos acuerdos esenciales parecen hoy intocables e indiscutibles, de manera que quien se atreve a cuestionarlos es vista con sospecha, y rápidamente es llamada misógina o patriarcal, palabra que funciona como etiqueta/maldición/estigma que condena a la señalada y a sus palabras al descrédito. Cuando las feministas racializadas señalan que el feminismo es racista, la respuesta inmediata es decirle: ¡Patriarcal! Si alguna señala que muchas feministas gozan de privilegios de clase, la respuesta es: ¡patriarcal! Si se te ocurre decir que el feminicidio es un concepto racista que esconde que las principales víctimas no lo son solo por ser mujeres, sino por sus condiciones de raza y clase, la acusación es: ¡patriarcal! Si algunas compañeras optan por apoyar causas campesinas, indígenas o afros sin concentrarse solo en las mujeres se le grita: ¡Patriarcal! De esta manera muchas feministas tratan de acallar la crítica interna, metiendo impunemente en el mismo saco al feminismo crítico, a la iglesia, al estado y a cuanto inquisidor hay por ahí.

Sin embargo al mismo tiempo que rechaza las críticas que rompen o cuestionan los dogmas de la fe feminista, se regodea en su crítica (de siempre) al mundo patriarcal, la crítica obvia, la que se ha vuelto un cliché de tanto repetir de generación en generación. Me refiero a la fácil y cómoda guerra de los sexos repetida sin cesar por cada generación feminista. Esa es la crítica que hace sentir bien al feminismo consigo mismo, esa es la crítica que la sociedad espera de las feministas; que hablen de género, de las mujeres y su mayor problema: los hombres. Para el feminismo común la existencia del capitalismo, del racismo, del genocidio, del terrorismo de estado o de la destrucción del medioambiente, son luchas subsidiarias a una lucha principal, luchas paralelas con las que como mucho hay que solidarizarse. Y eso repiten todas las feministas, desde la más liberales hasta la más radicales, su libreto es tan conocido que ya la sociedad les pide “Feministas digan lo suyo!”

Para decir lo suyo son invitadas a las mesas de diálogo en la Habana, para decir lo suyo se conforman comisiones de género en los partidos políticos, para decir lo suyo se les conmina a apoyar cualquier campaña política, y entonces en todas estas situaciones ellas usan las palabras mágicas: género, mujeres, misoginia y patriarcado…y todos y todas asienten porque han dicho lo suyo…en esos espacios pequeñitos que el patriarcado generoso les brinda…

La crítica feminista se volvió predecible a pesar de que muchas siguen creyendo que aún pisan callos, pero me temo que cada vez pisan menos en una sociedad cuyas formas patriarcales cambian, hoy cualquier progre (ella o el) recita con cierta facilidad la santa trinidad feminista: género, mujeres y patriarcado. Me preguntarán si se lo creen o lo practican… no lo sé… pero sin duda da muestras de un estancamiento en los análisis, los argumentos y la crítica feminista…tal vez sería bueno no resistirse a los demonios de la crítica interna para salvar algo del feminismo.

Lisa S

Las feministas y el poliamor, una relación complicada (del dicho al hecho…)

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Imagen: Fercho Yela

Imagen: Fercho Yela

Escuché hablar del poliamor por primera vez a través de algunas lesbianas feministas comprometidas política y personalmente, sin embargo tiempo después me di cuenta de que son contadas con los dedos de una mano las feministas y las lesbianas feministas que lo practican y reflexionan sobre el tema. A decir verdad, son más las que lo ven como un problema dando lugar a situaciones difíciles o imposibles para quienes quieren pensar y practicar el amor y el deseo de una forma ajena a la norma monogámica heteropatriarcal.

La realidad es que son muchas las feministas que prefieren ignorar la crítica a la monogamia a pesar de ser un elemento determinante dentro de la configuración del heteropatriarcado, ya que le da forma definitiva al orden binario sexo genérico, es decir a través de ella se hace realidad eso de que el fundamento de la familia y de la sociedad es la pareja hombre-mujer, con todas las jerarquías y asignaciones económicas y sociales que conlleva para unos y otras, además de facilitar el control sobre los cuerpos y la vida de las mujeres.  Y esto sucede a pesar de los trabajos críticos de las corrientes más radicales del feminismo y del lesbofeminismo sobre la monogamia.

Pero si en el análisis teórico no cuenta, más grave resulta la práctica, ya que muchas feministas y lesbianas feministas siguen al pie de la letra la norma heteropatriarcal del control y vigilancia, casi policiales, de la pareja monógama. Así, cualquier pareja que intenta abrir la relación, muchas veces es cuestionada y boicoteada con chismes, burlas y llamadas telefónicas. De hecho cuando una pareja se plantea la posibilidad del poliamor o de una relación abierta surge (de su grupo) un denso interrogatorio sobre sus sentimientos, sus miedos o inseguridades y se olvidan de su propia responsabilidad en cuanto a construir un espacio social más receptivo y dispuesto a apoyar a quienes cuestionan las cárceles del amor y del deseo, de esta manera la “comunidad” hace pesar sobre dos personas el éxito o el fracaso de la decisión que están tomando.

Eso sucede en diferentes sectores de la vida social y lamentablemente lo repiten las feministas y a las lesbianas feministas. Y no hablo de que ahora todas sean poliamorosas, sino de recordar que el compromiso político de crear e imaginar un espacio social diferente también implican el amor y el deseo, y eso no se logra solo porque se ame o se deseen mujeres (que es un gran paso) o se consiga que la pareja varón hable con lenguaje incluyente (ese si no sé si sea un gran paso) sino que conlleva ser cómplices de esas otras que sí se atreven a poner en acto otras formas de establecer las relaciones erótico-afectivas.

Este debate seguro no les interesa a los defensores de la familia, pero si es urgente dentro de un feminismo hasta ahora bastante conformista con algunos logros de igualdad entre varones y mujeres, y un lesbofeminismo que si bien se niega a cantar canciones de boda poco se atreve a  imaginar un mundo más allá de la monogamia.

Lisa S

El feminismo y sus divagaciones anticapitalistas…

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derechos_mujeres01cladem_0Desde hace meses crecen, sin parar, en diferentes lugares del mundo las denuncias frente a la aplicación de la vacuna contra el Virus del Papiloma Humano, la razón de estas es la gravedad de sus efectos secundarios que van desde desmayos y fiebres hasta convulsiones y parálisis. En Colombia las situaciones más escandalosas se han presentado en zonas alejadas y pobres en donde aún se sigue aplicando, masivamente, en adolescentes entre los 13 y los 18 años. Esto ha llevado a una oleada de pronunciamientos feministas, sin embargo a pesar de este gesto no dejo de pensar que al feminismo le cabe mucha responsabilidad ético-política en este tema.

La agenda feminista nacional e internacional por los derechos sexuales y los derechos reproductivos ha estado signada por la exigencia al estado y a la industria farmacéutica de soluciones para cuestiones como: los métodos anticonceptivos para mujeres y varones, aborto, vacunas y tratamientos contra enfermedades de transmisión sexual, así como técnicas de reproducción asistida. Es decir se le exige al estado que proporcione a las mujeres acceso a fármacos, tecnologías y tratamientos producidos por las empresas farmacéuticas sin analizar detenidamente las consecuencias de estas reclamaciones.

Mi afirmación puede parecer injusta, pero lo sería si fuera la primera vez que se denuncia a los estados nacionales por utilizar los derechos sexuales y reproductivos como política genocida (hay mucha información sobre lo ocurrido en Perú, Brasil o en Israel) contra la población más pobre y menos blanca, y lo sería si no estuviera ampliamente documentada la complicidad de las farmacéuticas con dichas políticas, como quedó demostrado con la producción de medicamentos para combatir el VIH o, para no ir muy lejos, con el escándalo que rodea la epidemia del Ebola.

El revuelo que ha generado la vacuna del VPH ha indignado a muchas feministas por lo que consideran un atropello contra la vida y los cuerpos de las mujeres, pero ninguna se atreve a hablar de la necesidad de cambiar las estrategias políticas o de poner en cuestión la paradoja de reclamar derechos a estados neoliberales o al mercado. Y digo que es una paradoja porque al tiempo que se grita “mi cuerpo es mío” la política feminista hegemónica se ha centra persistentemente en  exigir mayor intervención del estado incluso en áreas tradicionalmente liberadas de su regulación. Al final una buena parte de las estrategias feministas se hacen cómplices de la biopolítica estatal y del mercado, adscribiendo a la ilusión de un estado protector y un uso adecuado de la biotecnología, bajo la exigencia de una intervención “diferente” y regulada.

La historia debería recordarnos que esas tecnologías, medicamentos y tratamientos son desarrollados en las mujeres pobres y racializadas del tercer mundo cuyos cuerpos son objeto de experimentación cruel, y vehículo para el exterminio de sus pueblos. Pero parecería que es el justo precio que habría que pagar para dar respuesta a las demandas feministas que reclaman la liberación de los cuerpos de las mujeres del dominio patriarcal. Con ello se hace evidente que la mujer de la que habla este feminismo es blanca occidental y burguesa.

Parece que en nombre de la lucha contra el patriarcado al feminismo hegemónico se le olvida, o tal vez no le importa, la opresión del sistema capitalista imperial sobre los cuerpos de las “mujeres” pobres y racializadas del tercer mundo ¿Será que no son sujetas del feminismo? Lo cierto es que las soluciones que el mercado y los estados nos pueden ofrecer a las feministas implican hoy la explotación de los cuerpos de otras “mujeres”. Esa, compañeras, es la única liberación que nos puede ofrecer el modelo occidental de conocimiento, su sistema de salud basado en el dominio de la naturaleza, el desarrollo tecnológico y  el avance del mercado.

Lisa S

¿Quién le teme a las feministas?

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Hace un par de meses mientras buscaba bibliografía para mi tesis me encontré con un artículo de Valerie Amos y Patribha Parmar títulado “Challenging Imperial Feminism”, un trabajo de los años ochenta con una fuerte crítica al feminismo blanco  occidental.  Revisándolo, en una de sus páginas me encontré con la descripción de una escena que me puso a pensar en la pregunta ¿Quién le debe temer a las feministas? Lo que relatan estas autoras de color británicas es una situación en la que un grupo de mujeres blancas de clase media, activistas pacifistas, en medio de una acción contra la guerra hace una demostración de fuerza y “empoderamiento” gritando y persiguiendo a un soldado afronorteamericano. El soldado estaba solo en la calle y las mujeres que lo seguían le decían Yankee go home, la pregunta que dejan en el ambiente las autoras es por qué el elegido fue un varón negro.

En una escena más actual y local un grupo de activistas feministas queer, blancas, de clase media durante el desarrollo de unas jornadas lésbicas confronta en grupo y de manera violenta a un vendedor de cerveza (con quien no se pusieron de acuerdo en términos comerciales) a quien le pretenden dar una lección de la potencia feminista. Pero no es un caso aislado, en un espacio más formal un grupo de feministas institucionales confronta en grupo y con mucho ímpetu, en un panel sobre feminicidios, al panelista/varón con menos peso jerárquico en la mesa, pero no lo hicieron con su jefe también presente, que expresaba ideas semejantes.

Estas tres escenas tienen algo en común, feministas que se ensañan contra el eslabón más débil del patriarcado, varones pobres o racializadas, que parecieran ser, dado los ataques iracundos, los mejores representantes del poder o de la supremacía patriarcal. En serio ¿Se puede considerar a estos varones verdaderos patriarcas? ¿No será que como dice María Lugones, la idea del patriarca está atravesada por el poder simbólico y material de raza y  clase?

Cuando estos grupos de mujeres feministas se enfrentan a los “patriarcas” negros o de clases populares más que hacer valer su “empoderamiento” feminista ¿lo que están enrostrando no serán más bien sus privilegios económicos, sociales y raciales?  ¿Fue un ejercicio de emancipación o de opresión el que hicieron las activistas pacifistas británicas o las lesbianas queer con el varón negro y el varón pobre? Aquí quiero aclarar que no se trata de no actuar frente a sus agresiones porque soy de las que cree en la autodefensa y en la respuesta inmediata. Lo que me preocupa es que al feminismo solo le teman los varones pobres y racializadas, aquellos con menor poder en la escala de privilegios, esos fácilmente estigmatizables.

Como nos recuerdan las teóricas feminista negras y de color, el feminismo (o sea el feminismo blanco occidental hegemónico) a lo largo del tiempo y a través de sus posturas y estrategias ha sostenido y reforzado la idea de los varones blancos de clase media como progresistas, educados y menos violentos, al mismo tiempo que refuerza el estereotipo del varón agresivo, peligroso y machista de los grupos racializados y empobrecidos.

Un feminismo que usa los privilegios de clase y raza para apabullar a varones pobres y racializados a nombre de una supuesta deuda universal de “todos” los varones para con “todas” las mujeres no solo es ignorante y falto de comprensión de cómo opera el entrecruzamiento de sistemas de opresión, sino que no creo que pueda transformar el mundo, simplemente refuerza el racismo, el clasismo y por supuesto la opresión de la mayor parte de las mujeres…

Lisa S.