Archivos Mensuales: noviembre 2013

¿Construyendo desde abajo paz patriarcal?

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ImagenComo parte de los imperativos del contexto actual, Bogotá vive llena de seminarios, reuniones y congresos donde se discuten, en el marco del actual proceso de paz con las FARC-EP, los derechos de las víctimas, el post-conflicto, la justicia transicional, los retos que enfrentamos para construir la paz, los obstáculos más visibles, el rol de la memoria, entre otros temas. En este contexto se presentan viejos y nuevos peligros a los que vale la pena prestarles atención.

El primero es que se comienza a hablar un lenguaje que se vuelve tan común que espanta y se corre el riesgo de entablar monólogos colectivos acríticos que dan por sentadas verdades o que las van creando. ¡Así, por ejemplo, se van asumiendo nociones como las del post-conflicto y la justicia transicional sin mayores reparos por los medios de comunicación, los políticos y hasta los propios movimientos sociales! En otros casos se asumen críticas a éstas que caen en una misma retórica repetitiva que no logran ver sus propias falencias. El segundo riesgo es que muchas de esas conversaciones terminan siendo para los mismos, entre los mismos y para lo mismo. Si bien se ha hecho un esfuerzo por situar el debate más allá del ámbito de las organizaciones de derechos humanos y de víctimas y por posicionarlo en las universidades, es necesario que estos debates tengan lugar en los barrios, las calles y las comunidades olvidadas y violentadas por las largas décadas de guerra, allá donde la violencia sigue construyendo cotidianeidades y en donde es preciso desterrarla para construir la paz. Allá, en esos lugares donde la gente es escéptica de que algún día llegue la paz, precisamente porque conocen muy bien como es que funciona la guerra.

El tercer peligro es la réplica de la exclusión de ciertos sujetos que han sido históricamente discriminados, que han vivido la guerra de una manera particular por su constitución histórica como mujeres, afro descendientes, indígenas y campesinos. Algunos de estos espacios de debate, por no decir que la mayoría, recodifican el código masculino, de clase media y mestizo a través de los voceros de movimientos, organizaciones, centros de memoria y universidades. Es como si los movimientos de mujeres, feministas, indígenas, afro, campesino y todos los cruces e intersecciones que ha generado la dominación y los propios movimientos en sus luchas, no hubiesen aportado nada a los procesos  y discusiones de paz que han tenido lugar en Colombia.

En el caso de las mujeres es patético encontrar escenarios donde intervienen hombres y no hay ni una sola voz femenina, como si no hiciéramos parte de esos procesos organizativos, como si no aportáramos con nuestro trabajo y reflexiones diarias a la construcción de las posturas que se presentan. Recientemente estuve en uno de estos eventos donde solo intervenían voces masculinas. A mi mente venían las mujeres que se han pensado esos temas que allí se discutían y cuyas voces no fueron contempladas, pero también reflexionaba hacia el final del panel lo distinta que sería una aproximación feminista al tema discutido. Es común que te respondan cuando objetas esta ausencia que la cuestión no se resuelve con un cuerpo de mujer, ¡qué eso es secundario! Si y no. Un cuerpo de mujer no resuelve de por sí una postura feminista, sin embargo quien dice eso es alguien que se para desde el privilegio que aún significa en nuestra sociedad nacer hombre y que mantiene una venda en los ojos que no le permite ver, entre otras cosas porque no quiere reconocerlo, la discriminación histórica que las mujeres han vivido. Discriminación que se replica de manera alarmante en “tiempos de construcción de paz” y en supuestos espacios de “avanzada”, como la academia y los movimientos sociales.

Un cuarto peligro que surge en este contexto, cercano al anterior, es que las reuniones, congresos y encuentros de mujeres terminen siendo solo para las mujeres y que no se logren tejer los diálogos correspondientes con los otros movimientos y actores sociales. Esto implica un doble movimiento. Por un lado que las feministas y las activistas del movimiento de mujeres que vienen trabajando por la paz se articulen a los espacios mixtos donde esto se discute posicionando sus perspectivas con fuerza. Y segundo, que entre las izquierdas, las organizaciones de derechos humanos, los movimientos sociales y la academia, los intelectuales y los activistas den un paso adelante y hagan real ese discurso políticamente correcto que manejan de dientes para afuera de que ellos no son machistas y están por la liberación del “pueblo”, incluidas allí, por supuesto ¡las “compañeras”! La paz pasa necesariamente por desestructurar la exclusión de la que esos “Otros” hemos sido objeto dentro del proyecto de Estado-nación colombiano, lo que significa que nuestras voces con nuestros cuerpos deben tener lugar en la discusión de la guerra, la paz y el futuro.

Bellota

Profesión: feminista

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profesionfeministaEn Colombia (y en muchos lugares de América Latina) existen profesionales del balón (futbolistas), profesionales del acordeón (vallenateros), profesionales de la radio (locutores) profesionales del volante (taxistas y chóferes de colectivos) y también profesionales del feminismo o sea ¿feministas? Ya sé que esta afirmación suena confusa, y trae aparejada otras preguntas como: ¿quién podría ser una feminista profesional? Como consigo la licencia o la tarjeta profesional de feminista? o tiene Marcela Lagarde licencia de feminista? Todas estas importantes preguntas no las pienso responder, porque de lo que quiero hablar es de un espécimen humano que dice ser feminista, aparece en eventos feministas, los organiza y habla mucho de feminismo en su oficina y en el horario de 9 am a 5 pm.

Este espécimen es uno de los tantos aportes que trajeron las políticas de mujer y desarrollo a la región. Con el dinero de la cooperación para el desarrollo y de los estados muchas activistas feministas hicieron cosas importantes e interesantes, pero también aparecieron oficinas de género y organizaciones o fundaciones que a nombre del feminismo y las mujeres pobres iniciaron creativos emprendimientos que se convirtieron en empresas de gestionar proyectos y de paso crearon las condiciones para el surgimiento de una élite feminista con acceso a espacios de poder y recursos económicos, hasta aquí no digo nada nuevo; trabajos como los de Sonia Álvarez y las feministas Autónomas son bastante explícitos (sobre este tema han corrido ríos de tinta violeta). Son estas circunstancias  el caldo de cultivo de las profesionales del feminismo.

Las profesionales del feminismo se pueden encontrar en variados estilos, estéticas y niveles de conocimiento, es de esta manera cómo podemos identificar algunas tipologías. La primera que viene a mi mente pensando jerárquicamente es la corredora de proyectos, ser dotado con el don de la ubicuidad, ahí donde hay una convocatoria de proyectos está ella. Posee una formación feminista clásica que le permite argumentar y fundamentar su trabajo con conceptos, leyes y muchos indicadores. Como hace parte de la élite feminista se mueve como pez en toda clase de aguas políticas, normalmente coordina o dirige una ONG. Suele reservarse el privilegio de la sororidad. Un tipo similar se puede encontrar en las oficinas de la burocracia de género, solo las diferencia la ropa, ya que estas últimas mezclan el gris acartonamiento burocrático con un estilo retro alternativo (bolso de cuero café + accesorios hippies).

Normalmente esta personaja está acompañada de dos o tres feministas parlantes que hacen las veces de cajas de resonancia, repitiendo y defendiendo como posesas las palabras de su jefecita-gurú. Estas chicas han leído dos o tres cartillas básicas sobre “Qué es la perspectiva de género” y algún manual de indicadores (aunque siempre mencionan títulos de libros, cuyo contenido misteriosamente no recuerdan) por lo que sus análisis parecen una secuencia de lugares comunes sobre las mujeres con intervalos de indicadores. Suelen padecer de todas las formas posibles de arribismo y sueñan con ascender hasta la élite feminista. En su tiempo libre pegan en el muro de su FB frases de Marta Lamas o poemas de Gioconda Belli.

Por último tenemos a la paracaidista, al parecer está sujeta llegó al feminismo de oficina por obra y gracia de algún contacto, ella básicamente sabe que las pobres mujeres sufren y que hay que ayudarlas.

Ahora bien ¿por qué hablar –mal– de estas feministas de oficina, si técnicamente ellas representan otro de los tantos feminismos que hay y por lo tanto su presencia es válida, justa y necesaria, como diría cualquier feminista demo-liberal? Tal vez nos preocupa porque el feminismo, aunque pretenda soslayarlo, es un proyecto político que involucra a muchas que estamos en diferentes posiciones de poder; tal vez porque el feminismo no es manada sino una gran coalición que implica debate político y por lo tanto la necesidad de saber con quiénes estamos haciendo acuerdos, qué estrategias hacen coherente el discurso con la práctica política, y la eterna pregunta de si hablamos o queremos básicamente lo mismo. Pero sobre todo la reflexión surge porque es cada vez más difícil encontrar infiltradas del feminismo en esas oficinas y organizaciones y más fácil encontrarnos con alienadas aspirantes a burócratas…

Lisa S