Archivos Mensuales: octubre 2013

La palabra con L

Estándar

ImageHubo un tiempo no muy lejano, en el que las lesbianas (así, sin adjetivos) hacían parte del complejo universo contracultural con su rebeldía contra la heterosexualidad obligatoria, que se ponía de manifiesto con una vasta producción de prácticas estéticas, políticas y afectivas. Eran entonces una verdadera amenaza para el orden establecido,  para la multiplicación de la casi extinta especie humana, para el orden monógamo patriarcal, para el vaticano que las consideraba un peligro para el avance del catolicismo en el mundo, y hasta para las farmacéuticas que producían viagra.

Pero algo pasó y un día ya no fueron  integrantes de honor de la galaxia contracultural, deviniendo en protagonistas principales de la corrección política. Desde entonces se las puede ver en portadas de revistas o programas de televisión mostrando sus hermosos bebes, sus vestidos de matrimonio y sus abultados vientres embarazados. Estas lesbianas no son ni flacas, ni gordas, componen parejas femm-soft butch (y demás variaciones light),  participan en asados con sus familias tolerantes, y sus pequeños hijos e hijas visten de azul o rosa, y hay más de una con carnet de partido de derecha (viva la diversidad!)

Esto que describo arriba ha sido la estrategia del activismo lésbico de la diversidad sexual/elegebetista, empeñado en una suerte de asimilacionismo que recurre a leyes, sentencias y decretos cuyo impacto integrador es más potente de lo que se podría pensar, y no me refiero con esto a su eficacia como garante de una vida digna, sino como “normalizador” de las vidas lésbicas. Así,  leyes como las del matrimonio igualitario no solo inauguraron una nueva relación del estado con la sexualidad no convencional, sino también un camino de reconocimiento y “decencia” por el cual se les invitaba a transitar y a compartir la fantasía kitsch de la feliz  pareja monógama con hijos e hijas.

No pretendo hablar de lo buenas o malas que son las leyes, se sabe que son necesarias y que reconocen los derechos humanos de colectivos sociales históricamente discriminados por ser diferentes. Ahora bien, se supone que esas leyes protegen dicha diferencia en la medida que garantizan la plena realización de esas “otras” vidas. Lo paradójico es que la negociación de la ley trae aparejada la de esa diferencia, así la diferencia que al final se llega a garantizar o proteger por parte del estado es solo la versión naif. Versión naif que a su vez es presentada, ante propios y extraños, como  la experiencia de común opresión de este grupo social. Experiencia que va a aparecer limpia de elementos incomodos o excesivamente transgresores. Solo basta mirar las fotos de los matrimonios entre activistas lesbianas reconocidas, siempre vestidas de blanco (limpieza y pureza como cualquier mujer del heteropatriarcado), con el pelo ni muy largo ni muy corto y con accesorios suficientemente femeninos que despejan cualquier sospecha de subversión. Con estas imágenes queda muy bien maquillada la diferencia, la cual se nota al mínimo.

Hoy en Colombia muchas están lanzando arroz mientras celebran los logros/derechos arrebatados/negociados con el estado, pero otras seguiremos prófugas y lanzando piedras mientras inventamos sueños que no se visten de blanco, ni caben en la primera página de ningún periódico o revista.

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Lisa S.