Archivos Mensuales: junio 2013

Feminismo para no morir

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Supongo que todas hemos pasado por momentos de cansancio en los que nos invade el hartazgo y el agobio de vivir cuestionándolo todo, todo el tiempo, porque implica mantener el radar encendido al ver una película, escuchar una canción, mantener una conversación o simplemente caminar por la calle, intentamos en fracciones de segundo determinar síntomas sexistas, racistas, clasistas o heteronormativos. Una vez que te comprometes con el feminismo, cada conversación, cada coqueteo, en fin, cada estímulo externo es pasado por el sensor mental, que te indica si estás en un escenario de lucha o en un oasis para descansar un rato.

Pero esos momentos de quejarse y hasta de desear apagar el radar son muy breves, porque la agresividad del medio hace que mantenerlo funcionando sea una cuestión de sobrevivencia. Vivimos en un contexto donde ser mujer te pone en peligro, si eres negra, indígena, gitana, pobre, inmigrante, lesbiana o trans el riesgo se potencia. Sin embargo esta sociedad patriarcal colonialista al parecer se alimenta de la muerte de cualquier mujer: nos matan por ser niñas, por ser viejas, nos matan si nos consideran bonitas o feas, por ser muy mujeres o muy poco mujeres, por ser putas o por ser santas, nos matan si nos gusta el sexo o si no nos gusta, si estamos sanas o si estamos enfermas, si somos madres sacrificadas o si decidimos no serlo, si no tenemos trabajo o si trabajamos como obreras, como prostitutas, en los oficios de cuidado o en la guerra. Cualquiera es una buena excusa. En esta sociedad un feto sin cerebro es más valioso que una mujer. En esta sociedad un misógino inseguro por tener un pene pequeño recibe más consideración y respeto que cualquier mujer.

Es tal el odio a las mujeres que ni siquiera la investigación médica o el diseño de ropas acepta las formas reales de los cuerpos de las mujeres sino que intenta hacernos otras, ponernos prótesis o cercenarnos para homogenizarnos y acercarnos más a cualquier idea coyuntural de lo que es la belleza. Si mueren mujeres en el camino, no hay ningún problema. Por todo esto, el feminismo necesita nuestro resentimiento, nuestra tristeza, nuestro dolor como combustibles; necesita nuestra rabia como motor porque la misoginia está en donde menos se espera y necesitamos estar de pie, guerreras, dignas y combativas. También necesita que bailemos, que riamos, que juguemos, que gocemos porque ante el odio agresor y asesino, nuestra alegría y/o nuestros orgasmos son armas potentes. Las feministas necesitamos andar este camino juntas, pelear en colectivo, nos urge el debate político entre nosotras que nos permita construir solidaridad y confianza, no sólo para dar las grandes luchas sino para las pequeñas luchas cotidianas contra el macho con el que nos cruzamos, pero también, contra la misoginia, el racismo, el clasismo y la heteronormatividad que cada una lleva dentro porque no podemos olvidar que el patriarcado también opera en la subjetividad que estructura a cada una como mujer.

Bombón

Cien por ciento heterosexual (casos de la vida real…)

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Hace unos meses mientras vivía mi proceso de adaptación a Buenos Aires, una amiga muy cercana me sugirió que intentara conocer más gente de Colombia que viviera en esta ciudad, gente progre, de izquierda, con compromiso político, en resumidas cuentas gente “chévere”. Así que superando todos mis resquemores, prejuicios y mi timidez, decidí cruzar la última frontera y acordé una cita con una chica integrante de un colectivo de izquierda. Recuerdo que nos vimos en un café de Palermo, muy pequeñito y con una gran ventana que daba a la calle. Comenzamos a hablar de política, de la universidad y de lo bien que a ella le iba en la vida, como estaba tratando de dejar atrás mi pasado de sociópata sarcástica por excelencia me abstuve de cualquier comentario mordaz (y créanme hubo tantas oportunidades) y solo sonreía y asentía. Ante el éxito de mi estrategia de relacionamiento social se me ocurrió preguntarle a esta comprometida mujer de izquierda y feminista, si salía con alguien o si tenía pareja (lo hice con mi cara más simpática, ya saben esa que hace que todas las mujeres seamos amigas a primera vista) su respuesta, con sonrisilla nerviosa, pero con voz alta, firme y orgullosa fue: Soy cien por ciento heterosexual…ante tal respuesta quedé muda mientras revisaba los últimos 10 segundos de conversación tratando de encontrar el momento en el que le pregunté si era lesbiana o en  el que la había invitado a salir. Como mi registro no indicaba nada de ello, opté  por mirar por la ventana, a lo lejos, tratando de que todas mis respuestas antipáticas salieran volando, el silencio se hizo largo y es que las ganas de decirle mil cosas no se  iban, después de unos segundos respiré profundo y pregunte otra tontería…

Una hora después, ya sola en el colectivo seguía escuchando esa frase, (creo que me traumaticé) que me irritaba más y más…pensé en lo que habría querido decir;  si ella era cien por ciento heterosexual es porque le gustan todos los hombres y para estimular su libido solo necesita la presencia de un ejemplar masculino, así a secas, un varón, no importa si es calvo; no importa que los pantalones se le bajen al agacharse y dejen ver la peluda línea del trasero; ni importa si tiene barriga cervecera, no importa si su coeficiente intelectual solo alcanza para sumas de un digito, no importa si es violento o de derecha, no importa nada porque ella está comprometida en un cien por ciento con el régimen heterosexual.

Como no entendía nada decidí consultar a otra amiga, ella me explicó que ese tipo de chicas bien podría llamárseles Feministas Heteroinflexibles, léase: heterosexuales radicales (con falda y todo) atentas a las conspiraciones de la mafia lesbofeminista. Estas feministas son las que ante las críticas a las relaciones hetero siempre responden, ah pero las lesbianas también lo hacen y han acuñado la frase paranoica: ¿pero por qué quieren que todas seamos lesbianas? Son las mismas que después de decir que son feministas rápidamente aclaran que no son lesbianas, suelen recalcar los que consideran indicios libertarios de sus maridos, amantes o compañeros, como si a alguien le interesara que zutanito lave los platos o recoja a los/as niños/as en el colegio. En las fiestas o marchas feministas se las puede ver buscando a algún prototipo masculino que las anime (las he visto coquetear con cualquier sujeto contrahecho), otras siempre se aparecen con el novio, marido o amante de turno, no sea que una lesbiana loca las bese a la fuerza…

Solo una aclaración para las feministas cien por ciento heterosexuales, si bien a ustedes les gustan todos los hombres, a mí solo me gustan ciertas mujeres y creo que le pasa lo mismo a muchas lesbianas, así que chicas tranquilas porque sus fantasías lésbicas las pueden seguir guardando en el closet junto a las corbatas de sus maridos…

Lisa S