Archivos Mensuales: enero 2013

¿Qué tan buenas son las buenas?

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Las feministas hemos estado tan centradas en criticar el poder que nos oprime que en ocasiones dejamos de lado, pasamos por alto o simplemente rehuimos a cuestionar los ejercicios de poder que tienen lugar en nuestras prácticas académicas, organizativas, personales y políticas. Nos hemos negado a poner en discusión los privilegios individuales como si el hecho de ser feministas los “limpiara” o legitimara. Lo cierto es que las desigualdades, injusticias y opresiones son productos del poder y el ser feministas no nos libra de ejercerlo, ni nos otorga automáticamente el don de la bondad o la justicia.

Cada una nace con cierta posición de clase, con acceso a algún tipo de recursos y oportunidades, además, se nos asigna una clasificación por razones geográficas, raciales, culturales e incluso generacionales y en un mundo como el que habitamos sabemos muy bien que esas diferenciaciones se construyen para producir desigualdades. Más aún, en un mundo dominado por modos de hacer política basados en el privilegio, la exclusión y la marginación de la diferencia, ha sido un reto para las feministas tomar distancia de ese tipo de política y hacerla de manera distinta (a pesar de que afirmamos buscar lo contrario).

Creo que todas hemos escuchado a alguna feminista criticar por ejemplo a las mujeres que hacen política institucional por no tener “conciencia de género” (lo que quiera que esto sea). Criticamos también las dictaduras en todo el mundo, a los personajes que cambian la ley para perpetuarse en el poder, a las instituciones económicas internacionales que socavan las débiles democracias que aún persisten, lo criticamos todo… pero qué difícil es criticarnos a nosotras mismas cuando en nombre del feminismo ganamos una posición, un cargo, un proyecto, etc., y luego no lo queremos soltar.

Un efecto de estar en una posición que permite ejercer poder, es que nos vamos convenciendo poco a poco de que la bondad de los fines justifica los medios. Se llega a creer que nadie puede hacerlo mejor que una misma y lo que en principio tenía objetivos emancipatorios, libertarios o de justicia termina siendo el proyecto personal de perpetuación de alguien que no concibe dejar de ejercer su pequeño poder. El proyecto colectivo se empieza a adaptar a la ambición personal y la convicción de que la renovación implica pérdida o retroceso, lleva a actuar de la misma manera que tanto criticamos: conspiraciones, reuniones secretas, tráfico de influencias…  cualquier medio es bueno para que la apuesta feminista siga adelante, incluso a través de formas de hacer política autoritarias y excluyentes.

El cambio que buscamos como feministas si bien parte de transformar de manera individual la vida cotidiana, en el nivel colectivo sobrepasa nuestra propia existencia. Yo no hago parte del movimiento feminista porque crea que voy a gozar con los frutos de la lucha colectiva… por mi lucharon las que me precedieron. El feminismo ha sido siempre una apuesta a futuro, para las hijas, las nietas y las que siguen. Si no hacemos política de manera diferente, incluso aceptando que pueden llegar otras, que se equivocarán, que no lo harán tan bien como una, o que incluso pueden ir en contravía, negamos la posibilidad de aprender a dejar que el poder circule, limitamos la posibilidad transformadora del proyecto político porque incluso del error se aprende, de acciones equivocadas el colectivo puede sacar aprendizajes potenciadores, en todo caso, siempre dejarán una lección para quienes vienen.

Reconozco las buenas intenciones de muchas de nuestras compañeras que concentran pequeños o grandes poderes, y el gran esfuerzo que realizan por sacar adelante una política, un proyecto, una institución y lo que se pone en riesgo cada vez que hay posibilidad de cambio. Todo se puede perder, porque todo puede retroceder… pero ese es un riesgo tan grande como asumir que si los procesos no son liderados por las mismas siempre, están abocados al fracaso, o que la construcción colectiva que dio origen a un proceso lo legitima de manera permanente sin necesidad de nuevos debates y nuevas refrendaciones. En ocasiones se aprende más de los errores que se cometen en el cambio, que de los aciertos que se perpetúan en el poder.

Bombón.