Archivos Mensuales: octubre 2012

Licenciosa

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A veces es bueno descubrirse licenciosa.

Des-en-polvarse de las convenciones, de la inevitable, tramposa interiorización del patriarcado.

Disfrutar el cuerpo, descubrirlo en nuevas curvas, quitar el freno cuando se quiere, cuando se es autónoma en su disfrute, cuando esto no es impuesto ni por el amor, ni por la necesidad de ser querido o aceptado por otro, ni cuando es parte de la obligación que imponen las relaciones amorosas.

A veces es necesario reivindicar el placer, el goce como fines supremos de los instantes. A veces es profundamente seductor reconocerse bella, vanidosa, coqueta…  A veces es productivo encontrarse con una misma, desbordarse en sudor, en lágrimas, en carcajadas, en imaginación y desconcharse poco a poco, como rompiendo un cascarón para volverse a encontrar con una misma, para recuperarse y reinventarse. A veces es provechoso vivir al limite, ensayar la libertad para la autonomía y la autonomía para la libertad, toparse con la alegría a cada segundo, construir la felicidad con lo más pequeño y lo más grande. A veces es tan productivo estar sola y reírse de una misma, pensarse en sus boberías, en sus niñerías, en sus miedos.

Otras veces resulta tan productivo reírse de si misma en compañía, reírse del mundo, subvertir tanto orden impuesto…  comer, bailar, beber, dormir sin pensar en las porciones correctas, en los movimientos apropiados, en las horas necesarias… Desatarse de las convenciones burguesas que hasta los de izquierda detentan. A veces es bueno dejar de ser  “políticamente correcta” de ciertas maneras para ser personalmente feliz.

A veces viene bien olvidarse de salvar el mundo y comenzar por salvarse a una misma de ese mundo egoísta, violento y cruel que nos rodea. Empezar por cuidarse, alimentarse y fortalecerse interior y personalmente para desde ese yo-revolucionado poder construir con otras y otros, con los cercanos  y luego extender esas “mini revoluciones” (Burbuja, 2012) a otras y otros con quienes puedes entrelazar sueños, utopías, horizontes de lucha  y transformación … bailar emancipándose, como haciendo una fiesta permanente donde la alegría es uno de los fines supremos, donde puedes alcanzar la felicidad y ser tú, no un yo impuesto … A veces apasiona descubrirse la mujer apasiona que se es para la vida en todas sus esferas … Y no a veces sino que más bien siempre es bueno dejar que esa pasión interior sea el motor de tu vida. Entonces te descubres subvertora, imparable, victoriosa, vertiginosa, imaginativa y porque no, astuta como una zorra…

Bellota

“-Usted hasta qué curso hizo?”

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Esta vez quiero referirme a las mujeres que suelen estar presentes en cuanta reunión, taller, encuentro, foro, lanzamiento de libro, cóctel, plantón, marcha, congreso o conferencia de mujeres y/o feministas se organiza. Se les puede identificar porque suelen cargar encima todo el “merchandising” que se produce en estos escenarios: mochila, camiseta, sombrilla, manilla, cuaderno de apuntes y bolígrafo membreteado. Conozco a un par de ellas muy divertidas, a quienes siempre saludo y con quienes siempre resulta interesante charlar un rato mientras tomamos el refrigerio, capturamos uno que otro canapé o hacemos la fila para recoger el libro que se está presentando.

Una de ellas compartía la siguiente anécdota que me llamó especialmente la atención:

Su relato inició por describirse a sí misma y a su amiga con quien iba, como un par de “participólogas”, mujeres que asistían a cuánto evento pudieran sacar provecho. Las dos se miraban y se reían recordando que entre ellas se dicen en broma “diosas” por su carácter omnipresente que las hace estar en todas partes… Comentaba entonces, que recién comenzaba un nuevo curso de capacitación y el primer día la recibió la facilitadora con la siguiente pregunta:

– Señora ¿Usted hasta qué curso hizo? ­

– Soy licenciada en idiomas – contestó.

No era la primera vez que se enfrentaba a un prejuicio de este tipo. Qué irónico pensé. Mujeres como ellas, que se encuentran además “sobrecapacitadas”, “sobretallerizadas”, “sobreactualizadas”, y aún las facilitadoras requieren ubicar a su interlocutora por el nivel de estudios que presenta su hoja de vida. La respuesta fue desconcertante para la facilitadora, que esperaba seguramente vaciar todo su conocimiento sobre esta “pizarra en blanco”, esta mujer que por su aspecto y actitud parecía no haber pisado una “sobrevalorada” institución universitaria.

Me quedé pensando, si yo fuera la tallerista ¿Para qué saber hasta qué estudios hizo? ¿Para saber como ubicarme frente a usted? ¿Para saberla ignorante, por lo menos más que yo?

He visto como estas facilitadoras o “talleristas” necesitan generar distinción, las he visto tratar hasta con cierta ternura a sus “beneficiarias”. Cuesta reconocerlas como pares en estos espacios para el “empoderamiento”. Parece que nos hemos estancado en un formato de aprendizaje entre mujeres donde se deben asumir ciertos roles: unas que siempre serán las que “saben” y otras que siempre serán las que “aprenden”. ¿Qué pasó con los grupos de conversación entre mujeres, con la construcción colectiva, con los diálogos de saberes? ¿Qué pasó con esos espacios que caracterizaron la construcción del pensamiento feminista, en el que todas aprendemos de todas cosas diferentes?

En adelante sacaré más provecho cada vez que nos encontremos, charlaré más durante los recesos, mientras me como el canapé, a la salida… para tener presente que si nos reunimos en el mismo espacio, es porque tenemos un interés común que nos convoca por igual a ellas, a mi y claro, también a usted señora tallerista…

Burbuja

Princesas, brujas o rasputinas

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ImageEstoy harta de las buenas maneras y de que me digan radical o exagerada por mis posturas feministas. Parece que tuviera que andar disculpándome por ser feminista o tratando de agradar a todo el mundo porque me dicen que se consiguen más cosas “seduciendo” que confrontando… No, no me preocupa educar a los hombres; no, no es mi tarea que cambien; no, no me duele que no los dejen llorar cuando chiquitos. No me interesa seducir, no me importa agradar, no me da la gana ser tolerante, en cambio si me importa denunciar, gritar, quejarme y escribir sobre lo que creo de esta sociedad misógina, mediocre e ignorante.

Mi lectura de prensa del domingo se convirtió en una arcada de asco e indignación. Para empezar una vistoso anuncio de publicidad: “Todas merecemos ser princesas!” ¿Qué? ¡Estamos en el siglo XXI! ¿Qué clase de publicistas siguen pensando que las mujeres quieren “ser princesas”. Hasta la maquinaria capitalista de Hollywood se ha dado cuenta que seguir con ese anacronismo cada vez es menos sostenible y ahora tratan de construir otro tipo de personajes en sus películas infantiles (todavía con sesgos racistas y sexistas)… Pero parece que es lo único que se le ocurre a la industria publicitaria local para vender. ¡Qué mediocridad!

Todavía molesta por las princesas, me encontré una noticia que me pareció increíble: El pasado 29 de agosto una mujer acusada de ser bruja fue golpeada y quemada viva en un pequeño pueblo. No se si sea necesario decir algo más. ¡Pero si! Lo amerita porque resulta que según la crónica de la revista esta mujer durante muchos años fue una participante activa de la junta de acción comunal de su vereda y debido a que expresó su inconformidad por el manejo de los recursos en dicho escenario, fue excluida de participar y sufrió durante años señalamientos, acosos y violencia por parte de sus vecinos que la culpaban de todos los males reales e imaginarios de la comunidad, hasta que fue encontrada quemada y con signos de haber recibido una golpiza… Una mujer asesinada por participar en política. No, no fue hace 500 años, fue hace pocos días. ¿Alguien duda de la misoginia?

Cansada y dolida por esta historia, quise refugiarme en mi ejercicio de lectura de las columnas de opinión, ¿y qué me encuentro? A Alfredo Molano, que al parecer se cree muy ingenioso por develar las sucias maniobras de poder que ejercen las mujeres sobre los pobres hombres. La columna es una sarta de sandeces que destilan odio y resentimiento contra las mujeres. ¿Exagero? Veamos algunos apartes: “La recién nombrada comienza por estudiar ese círculo de hierro que rodea al jefe: sus gustos, sus preferencias y, si es astuta, sus inclinaciones sexuales. Con eso le basta para entrar a la oficina del superior sin golpear”. El columnista tiene claro que el único interés que tienen las secretarias, asistentes o cualquier subalterna de un hombre por aprender su trabajo es una sucia patraña para tejer la telaraña en la que será devorado el pobre jefe. Que conveniente teoría para reproducir la ya extendida idea de que entre jefe y subalterna no hay acoso sexual sino “seducción”…. Según esta idea, las mujeres víctimas de acoso no son tal ya que en realidad ella fueron las que empezaron a estudiar “las inclinaciones sexuales” del jefe.

Pero hay más. Luego describe la motivación que lleva a las mujeres a seducir a sus jefes: “Si el jefe le hace caso, lo que no es excepcional dado que la secretaria ya es íntima de su esposa, los cabos comienzan a ser atados y pronto la telaraña del poder quedará en sus manos, unas manos que terminarán acariciándolo el Día de la Secretaria en un motel. De ese momento en adelante todo es miel sobre hojuelas…”. Poder, engaño, manipulación, ambición, sexo… ¿Estará relatando una fantasía sexual que no ha podido cumplir? Esa es una explicación bastante razonable porque si no es así, de lo que da muestras es que ha leído y/o visto demasiadas fotonovelas de esas que incluyen las revistas de las salas de espera de las peluquerías.

Molano termina su columna con esta frase: “El ministro o gerente o presidente, lo que de verdad hace es sostener ese pesado título sobre sus hombros mientras su “secre” le amarra las manos. La combinación cama y escritorio es uno de los nódulos del poder menos comprendidos, un capítulo inédito de la historia que está por escribirse”. Lamentamos decepcionarlo pero hay que decirle que de hecho ese ha sido el único relato, o por lo menos el más extendido que se ha hecho sobre el ejercicio de poder de las mujeres: Como hay tan poco ejemplos de titularidad del poder, la historia que se ha contado sobre nosotras nos ha tratado como manipuladoras, caprichosas, irracionales, brujas malvadas que se aprovechan de la buena fe de los hombres, que como niños caen redondos en las trampas que tendemos para ellos. Intoxicada por esta basura tal vez no ofrezca los mejores argumentos para contrarrestar tanto prejuicio y odio pero creo que pocas dudas quedan de que estamos lejos de conseguir una sociedad que trate con justicia a las mujeres, o por lo menos con algo de respeto. Tanto para los machos de la derecha como para los de izquierda, para los progresistas como para los conservadores, para los intelectuales como para los campesinos, las mujeres somos princesas, brujas o rasputinas y según ellos, por eso los hombres nos violan, nos golpean y nos matan.

Bombón

Ver imagen publicitaria: http://www.flickr.com/photos/desacatofeminista/8097387597/in/photostream/

Ver artículos:

http://www.semana.com/nacion/muerte-berenice-martinez-noche-brujas/185987-3.aspx

http://www.elespectador.com/opinion/columna-379743-mesocracia

La única iglesia que ilumina es la que arde

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Quería escribir un post acerca del temor que muchas veces sentimos las/os oprimidas/os a resistir o incluso incomodar al poder y de cómo ese temor se origina no simplemente en la amenaza de la violencia, sino en el hecho de que estamos programadas/os para mantener nuestra posición de subordinación ya que, tal como escribió Althusser, lo que garantiza la reproducción de las relaciones de explotación es que quien explota se ha asegurado que cada sujeto explotado las reproduzca. Vivimos en una sociedad que asegura que haya figuras de “autoridad incontestada”, frente a las cuales, la rebelión se ve mal… está fuera de lugar. Símbolos sagrados que no tienen otro fundamento que la tradición o el privilegio y que siguen estructurando las relaciones sociales de opresión y explotación.

En medio de este ejercicio me encontré con un comunicado publicado por La Casa de la Mujer en el que “rechaza el acto irrespetuoso contra un símbolo católico”, que tuvo lugar en el plantón que se convocó para exigir al Congreso que no reelija al procurador Ordoñez. El hecho irrespetuoso, con el que “no estuvo de acuerdo” La Casa fue la quema de una cruz y un “juego que varios (as) participantes iniciaron con este símbolo religioso”… Me quedé asombrada. ¿Qué representa una cruz? Para mí, es un recordatorio de la institución que realizó la quema de brujas en la edad media, que apoyó y se benefició del colonialismo occidental, además de un ingrediente fundamental del racismo y la misoginia. Actualmente representa una institución anacrónica y desgastada que hace hasta lo imposible por esconder sus abusos sexuales, la opulencia de su jerarquía, su silencio frente a la desigualdad y la pobreza; y su injerencia en política, que condena a muerte por ejemplo, a mujeres pobres que no pueden tener acceso a abortos en condiciones seguras.

Lo pienso de nuevo y me pregunto: ¿me piden respeto hacia los símbolos que han sido utilizados en contra nuestra? ¿Me piden que respete una institución que ha usado todo su poder para quitarnos lo más básico que es la libertad de decidir sobre nuestro propio cuerpo? Si yo respeto las creencias religiosas de Ordoñez, de mi mamá, de las personas católicas, ¿Recibiré a cambio su respeto para que yo pueda abortar cuando lo desee? Si me aparto de quienes “irrespetan” los símbolos católicos ¿con quiénes voy a resistir y combatir este orden político y económico tan injusto y peligroso?

Al contrario de lo que dicen las compañeras de La Casa, considero que estas formas de manifestarnos si tienen peso político y quemar un pedazo de madera no es nada comparado con las injusticias de las que la iglesia es cómplice por “acción u omisión”. Al quemar ese símbolo se afirma que no tiene poder para determinar lo que hago con mi cuerpo. El argumento por medio del cual las compañeras “rechazan” el hecho es que “es imposible exigir y lograr respeto por los derechos propios cuando se están vulnerando y burlando los ajenos”… Y esta afirmación me reafirma en la idea de que el marco de los derechos es políticamente muy limitado: ¿Debo aguantar de manera impasible las agresiones externas para no violar los derechos de quien lo hace? ¿Debo tolerar las opiniones de quien no tolera las mías? ¿Debo hacerme del lado de los opresores cuando otras compañeras “atacan” sus símbolos por respeto a sus derechos?

El argumento de los derechos es ciego a las desigualdades de poder. Hay colectivos con más derechos que otros porque son ellos quienes establecen quién es humano y quien no… Hay sociedades en las que se reconocen de manera universal pero sólo unas minorías pueden gozarlos… En su nombre se invaden países y se siembra muerte e injusticia. Quedarnos en el terreno del respeto a los derechos sin tomar en cuenta las desigualdades de poder, implica dejar intactas condiciones de injusticia contra las que yo lucho así que creo que también habría participado en esa quema porque sigo creyendo en la conocida consigna que dice que “la única iglesia que ilumina es la que arde”. (Ver comunicado completo:  http://www.flickr.com/photos/desacatofeminista/8070638725/)

Bombón.

De cómo Chávela Vargas sedujo a mi novia….

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Hace unas semanas, mientras leía en el periódico un obituario dedicado a Chávela Vargas le pregunté distraídamente a mi novia si creía que Chávela Vargas la habría seducido en sus años de juventud. Sin dudar y con tono rotundo me respondió pero por supuesto! lo que remató con un, “¿y es que tu crees que alguna chica se le hubiera podido resistir? Esta respuesta me hizo volver a concentrarme en el   periódico, para seguir buscando más datos biográficos que me ayudaran a entender mejor aquella respuesta. Después de unos minutos supe que había tenido amoríos con Frida Kahlo, Grace Kelly y una princesa árabe…algo de irresistible si tendría, pensé.

Supongo que no entiendo porque soy una lesbiana que vive en los tiempos del bigote pintado con lápiz de ojos de Beatriz Preciado, como expresión de masculinidad transgresora; tiempos queer y de la diversidad sexual en donde la vida es un muy  planeado performance, que nos mantiene demasiado pendientes de construir estereotipos de lesbianas políticamente correctas. Lo que de paso le da a nuestras vidas cierta artificialidad, terminando al final atrapadas, más que liberadas, por nuestras creaciones. Creo que esto no le pasaba a la intérprete de Un mundo raro, auténtica fugitiva de la clase mujer y de la etiqueta lesbiana, demasiado libre para cualquier imposición. La larga lista de etiquetas- Lencha (México), Tortillera, Tortas, Tortilla (Argentina), Bollera, Bollo (España), Arepera (Colombia), Cachapera (Venezuela) Maricona (Rep. Dominicana, Chile) Marimacho, Marimacha, Dyke, Butch – no era suficiente para ella. De hecho, me la podría imaginar haciéndolas volar en mil pedazos con las balas de sus legendarias pistolas calibres 22 y 45, que dicen llevaba en su cinto.

Era una gran macha mestiza, autoerigida de manera imponente en ese cruce de caminos por donde se mueven los discursos  de la diferencia sexual, la ideología de las razas, los límites de las naciones, de los idiomas, de las culturas, de los amores…una autentica habitante de la frontera. Una expresión original de la experiencia latinoamericana, difícil de hacer encajar en unas categorías que parecería haber nacido después de ella

Cuenta la historia que fue la primera en México en subirse a un escenario con pantalones para cantar música de machos, solamente acompañada de la potencia de su desgarrada voz y dos guitarras. Bebía tequila sin compasión hasta desaparecer en él, para entonces resucitar a la tarde siguiente. Le cantaba serenatas a las mujeres hermosas, las seducía, las enamoraba, tanto que fue acusada de “robaesposas”. Montaba a caballo, manejaba coches a gran velocidad, se lanzaba en paracaídas y apenas si podía recordar donde pasaba las noches. No creo que supiera de miedos y prejuicios, no creo que le preocupara el que dirán.

Sigo leyendo el periódico y me imagino que Chávela le sacaría la silla a mi novia o le abriría la puerta, sin hacerse un lio en la cabeza porque esa actitud reproduce los roles de género. Seguro le diría te amo, sin medir las consecuencias de pronunciar esas palabras, se lo diría porque lo sentía en ese instante; la besaría siempre como si fuera el último beso, le mentiría diciéndole que es el único amor de su vida y le cantaría canciones de amor sin sonrojarse.

Cierro el periódico con envidia de la Chamana, capaz de rechazar las prescripciones del estado, de la sociedad y de la iglesia, sobre como ser una mujer buena y sumisa, pero también capaz de pasar de largo frente a las prescripciones de corrección política LGBT sobre como ser una buena lesbiana, casada y decente…

Creo que al final yo también he quedado enamorada…

Lisa S