Archivos Mensuales: septiembre 2012

Patty Bouvier o los juegos de rebeldía de Alejandra Azcarate

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Soy una persona morbosa, pero no de las que le gusta ver órganos regados, sangre y otras secreciones, definitivamente ese no es mi estilo. Mi morbo consiste en leer hasta el final teorías bizarras y ridículamente argumentadas, es decir los foros de Eltiempo.com o de cualquier otro periódico. Y eso fue lo que hice cuando comenzó la polémica por el artículo de Alejandra Azcárate sobre las mujeres gordas.  Me di una vuelta por los foros virtuales y descubrí que para muchas y muchos en Colombia, este personaje era feminista, de hecho la frase que leí fue ultrafeminista (aún desconozco su significado exacto). En un principio pensé que había sido una opinión aislada, pero encontré cinco comentarios más de ese estilo, ya para entonces la curiosidad había hecho mella y guglee: “Alejandra Azcarate, feminismo” y aunque ustedes no lo crean, salieron varias cosas; una de ellas un vídeo en donde explica a una audiencia que ella no es feminista, que sólo critica a los hombres en buena onda y porque los ama….

De todos modos, me quedé pensando en cómo era posible que la gente pensara que ella es feminista. ¿Qué había cambiado? Porque desde que tengo memoria feminista, recuerdo que para la gente las feministas somos mujeres “descuidadas, gordas, peludas” que así todo junto y de corrido, en esta sociedad acostumbrada a la estética que se vende en los diarios, revistas y TV, viene a ser sinónimo de fea. Así que según este estereotipo, una feminista siempre es más parecida físicamente a Patty Bouvier – sii, la mismísima cuñada lesbiana de Homero Simpson -, que a Alejandra Azcárate.

Entonces ¿cómo se convierte una mujer como Alejandra Azcárate en la representación de lo que significa ser feminista? Cuando la veo lo único que viene a mi mente es una versión local de Carrie Bradshaw, la protagonista de Sex and the City, serie de televisión en donde cuatro mujeres con ropa de diseñador y cocteles en mano, hablan de los retos que les plantea el amor, el matrimonio, los hijos, el dinero, es decir, la heterosexualidad capitalista. En lo que se podría definir como un feminismo pret a porté (listo para llevar) cuya fórmula es más o menos así: toman las cosas que les “sirven” del feminismo, como la “autonomía”, la “libertad” sexual, la “independencia” económica y la envuelven en cierto glamour heterosexual de consumo burgués, a lo que se le suma un fino toquecillo de desparpajo pseudointelectual. Supongo que a eso se le puede considerar feminismo, en su versión más individualista, blanca, burguesa y heterosexual.

Pero no voy a culpar sólo a la Azcárate o a programas de televisión como Sex and the City, ya que creo que la escritura feminista con más presencia en los medios de comunicación, puso también su grano de arena.  Cuantas veces habré leído en  algunas columnas o artículos de prensa frases como: “no todas las feministas son lesbianas”, “es que las feministas no odiamos a los hombres, solo los criticamos porque los amamos” (que miedo da la crítica dura a la heterosexualidad), y, por supuesto siempre aparece el tema de la libertad (hetero) sexual y la independencia económica desde las miradas más individualistas y capitalistas. Ni que decir de los análisis sobre el aborto y la prostitución (observados con mirada urbana y blanco-mestiza). Bien visto, no podría encontrar la diferencia entre las conversaciones de Bradshaw y compañía, y las de algunas columnistas feministas.

Y en todo caso para que seguirnos mintiendo, el feminismo light existe, es ese que se solaza en  lo bueno de ser feministas, pero que no sabe qué hacer con los temas difíciles, los que resultan incómodos para ser hetero y aburguesadamente feliz.

A pesar de todo esto, el estilo Patty Bouvier aún existe, y continúa siendo el más complicado de explicar, el menos fashion y el más fastidioso. Pero convive con el estilo Azcárate; uno y otro funcionan como contracaras del uso que le dan nuestras sociedades a la etiqueta feminista según el moralismo, el contexto o el tema de turno. Porque a la caricatura Azcárate se recurre para estigmatizar a la heterosexualmente activa y “promiscua”, léase liberada, en tanto que la otra, Patty Bouvier es la antimujer, sinónimo de lesbiana, peligrosa, demasiado fuerte y decidida, que pone en peligro todo lo que una mujer debe ser…

Por mi parte, estoy contenta con mi estilo Patty Bouvier, para mi gusto más radical, menos sospechoso….lo otro no son más que juegos de rebeldía hetero…que terminan cuando la princesa encuentra un príncipe que lave los platos…

Lisa S

Nuestros demonios

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Uno de los personajes que suscita mayor atención e interés en esta coyuntura política en Colombia, es el procurador general de la nación Alejandro Ordóñez así como su posible reelección. En este momento parece que es el objeto predilecto de nuestras críticas y de la mordacidad de sus detractoras/es, pero también el causante de nuestros miedos y pesadillas por el riesgo real que representa para los escasos reconocimientos en materia de laicidad estatal, de libertad sexual y de respeto por la autonomía individual logrados en el país.

Este señor sin duda representa una amenaza por su voluntad de imponer su postura religiosa personal como moral pública desde un escenario institucional, porque además, su reelección está prácticamente asegurada. Sin embargo, hay un asunto que nos debe preocupar tanto como su permanencia en el cargo y es el hecho de que él no es un ser anormal, extraño o atípico sino que representa la voz de un colectivo que no se puede decir a ciencia cierta si es grande o no, pero que sin duda tiene capacidad de influencia y poder. Mucho más poder, creo yo, del que pueden tener otros sectores más respetuosos de las reglas de juego institucional.

Aunque sus ideas provienen del catolicismo, son cercanas a las de otras religiones y sectores sociales cuyos líderes propagan intolerancia, sexismo, clasismo, racismo y homofobia. Sus prácticas, lejos de lo que predican, son poco éticas e incluso ilegales. Las ideas de Ordoñez son producto de un clima social que se aferra a los estereotipos acerca de la familia tradicional, el comportamiento apropiado de las mujeres, la heterosexualidad obligatoria y un orden social injusto y desigual basado en los privilegios de una minoría.

El auge de estas ideas en Colombia, pero también alrededor del mundo, pone en peligro no sólo a las mujeres o a las feministas, sino que nos lleva directo al unanimismo, al control y la regulación de los cuerpos, las mentes y las acciones. No se quedarán sólo en la penalización del aborto sino que nos dirán qué estudiar, cómo vestirnos, con quién y cuándo tener sexo, qué religión debemos profesar, etc. Frente a ello urgen acciones que se salgan de los marcos institucionales establecidos, se necesita rebeldía, capacidad crítica y feminismo cotidiano, ese que nos hace cuestionar cada acto de poder abusivo que busca subyugar a las personas. Se necesitan revueltas feministas, individuales y colectivas, que demuestren que nos negamos a asumir el papel de víctimas pasivas frente a su poder opresor.

Ojalá que las voces que hemos alzado para rechazar esta reelección tengan la fuerza suficiente para detenerla, de lo contrario, pronto estaremos enfrentando de nuevo a estas congregaciones que defienden la tradición, la familia y la propiedad, entre otras entelequias que quieren perpetuar.

Bombón