Archivos Mensuales: marzo 2012

“Lo normal, en plural, era lo femenino”: sobre el lenguaje sexista o los machos que le dicen a las feministas qué luchas deben dar

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Si las jirafas y las panteras tuvieran conciencia lingüística, estoy seguro de que las jirafas y las panteras con testículos no se sentirían excluidas porque su nombre sea femenino”. Héctor Abad, columnista de El Espectador (18/03/12).

 El lenguaje es una construcción cultural que cambia y se adapta a las transformaciones sociales excepto cuando se trata de la inclusión de las mujeres, entonces hay reglas, hay voces autorizadas y hay señalamientos, ridiculizaciones y reduccionismos.

 El autor de la columna “Todas íbamos a misa” citada al principio de este escrito, pone su vida íntima como ejemplo de por qué las feministas debemos abandonar la lucha por un lenguaje incluyente, que según él, “crispa los nervios y saca lo más antipático y fastidioso de las luchas feministas (tan necesarias en otros campos que de verdad importan)”. Su argumento es que si él, las panteras y las jirafas no se sienten excluidos porque en plural han sido nombrados en femenino, las mujeres debemos sentirnos incluidas en el masculino “neutral”.

 Según su texto, este señor nunca sintió que el femenino plural con el que se comunicaban en su familia, lo dejara por fuera, lo excluyera. El problema es que no se puede cuestionar la existencia de la opresión y la exclusión porque un sujeto no las ha vivido. Pero incluso si lograra demostrar que en una región o un periodo histórico el femenino plural se usa para hablar de hombres y mujeres, difícilmente eso podría negar que el lenguaje como producto social ha reproducido el sexismo y la misoginia del contexto histórico. O es que ¿De verdad se piensa que el lenguaje es una isla de justicia y neutralidad?

Valdría la pena que el señor y quienes comparten su opinión, leyeran a las lingüistas feministas, a las analistas del discurso o incluso, la historia del feminismo y el sentido profundo que tiene la lucha por transformar el lenguaje, que a pesar de todo, ha tenido cambios. Si las normas impuestas por la magnánima autoridad patriarcal de la RAE, acepta ahora palabras como jueza o aprendiza, que antes no eran “correctas”, es porque las mujeres  realizamos cada vez más esas actividades y el lenguaje necesariamente se adapta a nuevas realidades sociales, a nuevos usos.

 Sin embargo, la interesante anécdota que nos relata el columnista, debe contrastarse con la exclusión de las mujeres del lenguaje en las familias, en la educación, en el relato de la historia, o de los hechos sociales, en lo laboral, en la política. Que bueno que Abad no se sintiera mal en su hogar, pero que mal que las mujeres tengamos que vivir en un mundo que no nos nombra, para el que no existimos en el lenguaje, ni de lo privado, ni de lo público. Que bueno que Abad no se molestara cuando la incluían dentro del grupo de las niñas, pero que mal que las niñas sigan escuchando que cuando dicen niños, eso también las incluye a ellas. Que mal que haya tantas profesionales que se siguen nombrando en masculino, como médicos, psicólogos, abogados, juez; porque crean que eso le da seriedad a su experiencia profesional, o que se siga usando expresiones “como una niña” o “parece mujer” como ofensa entre los hombres.

Abad en su escrito reafirma y reproduce su lugar de privilegio: él no “se siente” excluido del lenguaje porque en la realidad no lo está, en el lenguaje apropiado, “bien escrito” – que tanto defiende -, lo masculino es lo universal, la norma. Las mujeres al parecer, somos una diferencia irrelevante. Así como hace unos meses afirmó que el mejor antídoto contra el racismo es “el amor interracial”, ahora de nuevo, desde su lugar de privilegio se cree con la suficiente autoridad para decirnos en cuáles lugares vale la pena dar la lucha feminista y en cuáles no. Si su pelea es por defender una tradición o una norma gramatical, la lucha del feminismo, de la mano de otras luchas sociales es por transformar el uso del lenguaje y atacar el sexismo y racismo que reproduce.  Más cuando dicha norma es impuesta por lógicas colonialistas que desde el otro lado del océano quieren seguir determinando cuál debe ser la forma correcta de hablar o escribir más allá de las fronteras de su Estado.

Bombón

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La Mujer no existe

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Una de las experiencias más particulares que he tenido por ser y reivindicarme como feminista es que se presupone que defiendo a cualquier mujer que hace política institucional, incluso si es conservadora o adopta posiciones políticas retardatarias que van en contravía de los ideales libertarios y de justicia. A veces ni siquiera he podido plantear mi opinión ya que asumir la causa feminista elimina cualquier posibilidad de crítica, porque se afirma, es “seguro” que la defiendo por ser mujer.

Desde este argumento, parece que entre las mujeres no hay diferencias políticas, sino que la biología nos une como un cuerpo homogéneo y compacto, sin color, sin historia, en el que no se diferencian individualidades, pertenencias étnicas o de clase: una mujer es idéntica a otra mujer, por tanto, todas pensamos igual, actuamos igual y sentimos igual. Sin embargo, “La Mujer”, como categoría abstracta que abarque a todos los seres humanos que por imposición o por elección son mujeres, no existe. No somos clones, repeticiones idénticas de la otra, y de hecho, entre nosotras hay profundas desigualdades, además de diferencias. En ese sentido, como individualidades tenemos posturas políticas, intereses, demandas y posibilidades distintas de ser en el mundo.

En este equívoco caen también las feministas que defienden posturas desde la cuales se hacen llamados acríticos a que las mujeres “apoyen”, “respalden” o “voten” a otras mujeres, simplemente por el hecho de serlo, sin tener en cuenta que cuando se trata de posiciones y opciones políticas hay factores en juego que van mucho más allá de tener un cuerpo o una identidad de “mujer”.

Una feminista puede si quiere, y de acuerdo a sus posturas ético-políticas, criticar a quienes hacen políticas que recortan la autonomía y la libertad de las personas y que profundizan la opresión y la injusticia, sea un hombre o una mujer. Y así como no decimos que los malos políticos representan a todos los hombres, o que los hombres tienen que defenderlos porque son hombres, sería importante que se entienda que las diferencias y las desigualdades entre mujeres existen, y que nuestras convicciones tienen orígenes políticos, no corporales-biológicos.

Bombón

Construyendo amistad entre mujeres

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Últimamente he pensando en lo complejo que es a veces, en ciertos contextos, construir relaciones de amistad con las mujeres (no digo que con los hombres sea más o menos fácil, pero como feminista la relación con las amigas me interpela). Como nos lo ha enseñado el feminismo desde hace mucho tiempo, las mujeres somos educadas en el marco de sociedades patriarcales heterocéntricas en una lógica de competencia real y simbólica por los hombres y por lo que culturalmente está asociado con ellos, entre otras cosas, el “poder.” Enfrentamos a diario la dificultad de reconocer cuando otras mujeres sustentan “poder,” ostentan reconocimiento y/o son exitosas. Muchas de estas dinámicas se exacerban en los espacios que han sido de dominio masculino como la política, los partidos, las organizaciones sociales, el Estado o la academia. Afortunadamente, entre las mujeres se han construido relaciones de sororidad como una apuesta política por transformar esa dimensión del patriarcado. Estos nuevos relacionamientos no han ocurrido sólo entre feministas, sino también entre muchas otras mujeres que logran desde la práctica cotidiana establecer relaciones de pares y solidaridad con sus congéneres. Esa sororidad ha sido vital para nuestra trayectoria en lo político y en lo personal. Algunas veces esos ejercicios de “sororidad” han estado cruzados por una falta de deliberación o de crítica constructiva con la acción “política” de la otra, lo cual ha sido una de debilidad de nuestras organizaciones de mujeres, feministas y/o mixtas. Pensando en esto y en la necesidad de construir relaciones distintas, he reflexionado sobre algunos elementos que me parecen esenciales para construir relaciones de amistad, que nutran a las dos partes y que caminen por sendas distintas a las del patriarcado. Creo que debemos estar atentas a no reproducir la lucha por la concentración de poder y buscar potenciarlo como fuerza colectiva en los diversos escenarios en los que nos encontramos. Esto no significa que no reconozcamos que cada una sustenta poder y que las relaciones sociales están cruzadas por su existencia. Tampoco se trata de evitar el conflicto y/o las diferencias – no solo con quien es similar a mi puedo construir -. Se trata de crecer desde las diferencias, desde la alteridad y las cercanías. De esa manera considero importante una suspensión/eliminación de la lucha simbólica y real por el poder patriarcal, y apostar más por el ejercicio de reconocer a la otra en sus potencialidades. Una amistad que potencie nuestro crecimiento, debe estar acompañada por una sinceridad amigable y por la crítica constructiva como herramientas para el crecer juntas. Este ejercicio incluye un trabajo interno, subjetivo, que cuestione la construcción heteropatriarcal de la identidad femenina. Las amigas son cómplices para transformarnos y cambiar este mundo, en ese sentido vale la pena preguntarse cómo estamos construyendo relaciones de amistad y cómo podemos potenciarlas.

Bellota

Por un 8 de marzo rebelde y feminista

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No hay nada que celebrar. Pero si hay mucho por denunciar, por transformar, por derrotar. La violencia, la exclusión, las distintas opresiones e injusticias! Esas que se producen y reproducen en el Estado, en el capitalismo, en el colonialismo, en el racismo y en la heterosexualidad obligatoria… Pero también, están las agresiones que enfrentamos cada día, esas que vienen del desconocido de la calle pero también del conocido, de la pareja, del jefe, del profesor. El 8 de marzo puede ser la excusa para negarnos a la humillación en lo cotidiano, para librarnos de su control sobre nuestro cuerpo y nuestra sexualidad. Para reivindicar el aborto como un derecho y el amor entre las mujeres como una estrategia de lucha política. El 8 de marzo es el día de la rebeldía feminista! Sin pedir permiso al patriarcado, ni quedarnos en sus márgenes, alzamos nuestra voz y le decimos NO a su régimen de terror.

Desacato Feminista!