Archivos Mensuales: febrero 2011

Acto I – El cuarto

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Violeta se levanta temprano. Es hora de ir a estudiar. Desde antes su madre está despierta, arreglando el desayuno, la ropa de Fernando y despertando los hijos. Violeta se levanta muy temprano. Los ronroneos de su madre en el cuarto para levantar a Esmeralda, que es la mayor, no la dejan seguir conciliando el sueño. Las mujeres de la casa, por alguna extraña razón se deben levantar primero. A una velocidad impresionante Alfonso se baña, se viste y llega de primeras a la cocina. Desayuna plácidamente, tranquilo. María solo le pregunta a él si quiere repetir chocolate. Es el mayor de todos los varones. Violeta es aún frágil, pequeña. Desayuna y sale con la patota para la escuela. Alfonso, Camilo y Alexander emprenden el camino a velocidades impresionantes. Violeta trata de mantener el trote pero no alcanza. Esmeralda es casi capaz de ir al mismo ritmo de los tres hombres, emprende el camino y descuida a su pequeña hermana. Violeta disminuye el paso ante la imposibilidad de caminar igual de rápido. Mientras lo disminuye pone en marcha su pensamiento. Se pregunta por qué camina más lento, por qué levantan a Esmeralda de primeras, por qué no repite chocolate, por qué aún las bromas de cariño de sus hermanos son demasiado pesadas.

Entre sus preguntas llega al colegio, a su primera clase: catequesis. Eva nació de la costilla de Adán y lo hizo cometer pecado. María Magdalena era mala y la Virgen María ejemplo por su abnegación. Noé, José, Jesús, Moisés, todos eran hombres. Violeta le preguntó a la maestra si Dios era mujer o si había alguna mujer entre los doce apóstoles. La maestra no le respondió pero en cambio le preguntó si estaba asistiendo a misa todos los domingos y si su familia rezaba en casa. Nadie respondió su pregunta ni ese día ni otros que la hizo, entonces decidió quedarse callada.

Al salir de la escuela con cara de impaciencia la esperan sus tres hermanos. Esmeralda estaba en la Iglesia, así que ella sola con los tres hombres regresa a casa. – Alfonso, ¿por qué tú te levantas después de mi y puedes repetir chocolate? – ¡Qué pregunta es esa! Es obvio, soy el mayor de la casa! – Pero Esmeralda es mayor que tú! – Si, pero yo soy hombre.

Violeta siguió creciendo, levantándose antes y comiendo menos (un pedazo más pequeño de carne, solo una taza de chocolate, solo un huevo, una ración reducida de queso y cuando hay pollo, las alas). Al crecer las preguntas aumentaron. Le parecía extraño que su madre se la pasara en casa todo el día, que su padre saliera desde temprano y que no se cruzaran palabras de amor ni caricias.

En el teatro daban algunas películas en las que los novios se besaban. Ella pensó que al casarse eso ya no se hacia. Trató de preguntar en el colegio como se hacían los niños y la mirada de la maestra le recordó el mismo rostro que esta hizo cuando le pregunto si Dios era mujer. La curiosidad pudo más y le pregunto a María, su madre. Ella le dijo que eran producto del amor. Entonces Violeta le pregunto a su madre si Fernando, su padre, la quería y María con una cara desconsolada que no pudo aunque trató de ocultar, dijo que si, y que ella también lo amaba. – Madre, ¿por qué cantas tanto? Madre, ¿por qué ríes tanto cuando no esta mi padre y te pones de malgenio cuando él llega? Madre, ¿qué querías ser cuando eras una niña? Madre, ¡me pareces un pájaro cuando cantas, me parece que quieres volar muy lejos!

Violeta voló por el canto de su madre. Viajó lejos, varios kilómetros de distancia. Llegó a la capital y entró a la Universidad. Salió del cuarto que compartía con Esmeralda a un nuevo cuarto para ella sola. Se sintió más libre, libre incluso de preguntar. Cuando menos se dio cuenta era una novia enamorada, con sensaciones despiertas, con ganas de transformar su vida y el mundo entero. Sentía en el canto la posibilidad de revolucionarlo todo. Se enamoró y se prometieron que el amor también sería después de compartir un mismo lecho. Como la primera noche Violeta seguía apagando la luz antes del beso inicial. Ahora se encontraba en un cuarto habitado por ella y el otro sexo.

En ese cuarto también descubrió que no había libertad plena. Que ella misma se encontraba atada a sus concepciones religiosas, a los tabú sobre su cuerpo, sobre el sexo con amor y sus resultados, sobre la negación del placer, sobre la posibilidad de incitar y de pedir. Descubrió que su ritmo era más lento, como cuando caminaba con sus hermanos para el colegio, y que aunque tratara como Esmeralda de coger el ritmo siempre quedaba atrás. La satisfacción aún le costaba un poco más, pero no se atrevía a pedir que la esperaran. Un día se atrevió a preguntar si era posible una espera, y el tiempo le fue negado. Se sintió explícitamente secundaria, inesencial, postergada. Una noche se decidió a cantar y sus manos volaron a donde ella quería que volaran, con sus manos toda ella voló, ¡y entonces entendió en parte por qué su madre cantaba cuando en la casa no estaba Fernando!

Violeta seguía soñando con que era posible como en las películas amarse aún compartiendo el mismo cuarto. Entonces renunció a la abnegación de María, su madre, y voló muy lejos, esta vez, a diferencia de su madre, voló dentro y fuera de su cuerpo.

*BELLOTA*

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Racismo transparente

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No deben ser buenas épocas para escribir de temas densos o complicados. En realidad cada vez parece que hay menos momentos para hablar de ello porque la gente se aleja de quienes no ven “el lado bueno de las cosas” o no enfrentan la realidad “con optimismo y esperanza”. Hay que tomar, sin embargo, el riesgo de aprovechar los pocos momentos de disposición a escribir que tengo por estos días para compartir una de las sensaciones que me deja, hasta ahora, la experiencia de estar en un país, que no es el mío, pero que ni siquiera está en el mismo continente del mío.

Las palabras racismo y xenofobia cobran una dimensión tan cierta que aterra. No es un racismo disfrazado ni disimulado, es el racismo crudo que se expresa en la reacción de la gente a tu color de pi­­­el, a tus rasgos faciales, a tu ropa, tu lenguaje. He visto el racismo en el metro, en las tiendas, en restaurantes y en las casa de personas amables pero que me preguntan ¿Tu eres colombiana? pero no pareces!!, he escuchado en más de una ocasión: “pero debes tener algún antepasado europeo o por lo menos español! de dónde es tu apellido?? Los comentarios han llegado al punto de decirme: “Pero si los colombianos tienen la cabeza plana, el pelo oscuro y duro, tú no eres colombiana!…” Desde luego estas expresiones no se comparan con lo que tiene que vivir la gente que no tiene una beca ni vino a estudiar sino a buscar su sustento y se expone a malos tratos, miradas de reprobación y comentarios agresivos.

Algunas voces justifican estas reacciones por la “época de crisis” (en la que la gente trabajadora o desempleada ve reducidos sus ingresos o la posibilidad de bienestar básico para evitar que el sistema financiero gane menos de lo que gana siempre), sin embargo, parece más que se ha roto el dique de los políticamente correcto y lo que sale a superficie son las creencias y prejuicios que siempre han estado allí y que califican a una persona por el color de su piel y en donde lo diferente se juzga sobre la base de estereotipos que en todos los casos son racistas.

A mí el racismo me indigna. A otros y a otras les explota, les violenta o les mata. La apuesta feminista más que nunca debe enarbolar las banderas de la lucha contra el racismo, llamando las cosas por su nombre y dejando claro que el sexismo y el racismo así como la justicia social guían nuestra lucha y son nuestros objetivos!

*BOMBÓN

Quién me manda a esperar

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La rabia y la tristeza por lo general vienen de expectativas no cumplidas. Nadie me prometió nada, yo solo esperé. Esperé menos indiferencia, solo un poquito de sensibilidad.

Hoy tengo una pregunta por el reconocimiento. ¿Nos hacemos a un lugar en el mundo solo para que otras personas noten nuestra existencia? Es que la desconfianza agota. Sospechar siempre de las genuinas intenciones que hay detrás, hace que los hechos visibles y concretos estorben a la mirada. Ya no veo si es bueno o malo, ya no sé si creo o no creo. Quizá fueron las gotas que me puso la oftalmóloga de la EPS luego de pelear con ella toda la semana (con la EPS por supuesto).

Sospecho de los Santos y de las vírgenes. No tragar entero es importante, pero sentir confianza también. Cómo hacemos para planear un país que no tiene esperanzas, ni proyecta sueños. Cómo hacemos para organizar una fiesta si no logramos saber qué es lo que estamos celebrando.

Siento que voy corriendo con los ojos vendados, regalando a otras y otros mis propias vendas. Y claro, en este post tengo mis propios ocultamientos, mis propias intenciones. Por eso no escribo nombres, no escribo lugares, aunque los piense con claridad ahora mismo. Como dije al principio fueron solo mis expectativas…. soy única dueña de ellas y no hago responsable a nadie por eso. Como dicen por aquí ¡quién la manda mija!

*BURBUJA*